Ligeros Libertinajes Sabáticos – Mercedes Abad

Ligeros Libertinajes Sabáticos

Mercedes Abad

Ligeros libertinajes sabáticos reúne todos los requisitos que pueden satisfacer tanto al más refinado erotómano como al lector que comience a iniciarse en el campo de la literatura erótica… He aquí una serie de historias rebosantes de imaginación, llenas de sugerencias más o menos veladas y, por encima de todo, llenas de deseo en el más carnal de los sentidos.

Sin perder un ápice de su eficacia erótica, cada uno de estos relatos contiene un barniz de ironía que les hace apelar no sólo a la sensualidad sino también a la inteligencia y al sentido del humor del lector.

Al Mancillador

Malos tiempos para el Absurdo o Las delicias de Onán

Todos recordaron durante mucho tiempo la conmoción que causó aquel acontecimiento, cuyo eco fue ampliado hasta la náusea por la prensa amarilla. Las opiniones se dividieron rápidamente en dos facciones opuestas. La primera condenaba a Bernabé Lahiguera mientras la segunda intentaba tener en cuenta las absurdas circunstancias en las que se produjo la muerte de Dolores de la Borbolla.

La mayoría de las personas que aseguran tener una dosis suficiente de sentido común —sin mencionar siquiera una cuestión tan necesaria en estos casos como el sentido del humor— no se preguntaron cómo puede razonablemente alojarse un tapón de champagne en una cavidad vaginal. Estaban convencidos de que se trataba de un caso claro de asesinato. Tras violación, naturalmente. Y todo dentro de los imprevisibles cauces de la lógica. Pero la vida no tuvo el buen gusto de detenerse ante semejante hipertrofia de consideraciones lógicas.

Tampoco cabía esperar que los miembros del jurado que condenó a Bernabé se sintieran, cuando menos, extrañados ante el inusitado método elegido por el supuesto asesino. ¿Acaso hay muchos criminales que muestren tan afrancesado refinamiento en el acto de matar? Sin embargo, la originalidad del procedimiento no constituyó atenuante alguno en el proceso judicial de Bernabé Lahiguera, cuyo apellido y el fatídico determinismo que implicaba no impidieron que se dictara una sentencia francamente adversa. Con obvia falta de imaginación, el fiscal declaró a Bernabé Lahiguera culpable de la violación y el asesinato de Dolores de la Borbolla.

Y el Absurdo debió sentirse especialmente pisoteado cuando oyó o le contaron más tarde —me inclino por la primera hipótesis, pues siempre se me ha antojado que el Absurdo goza del don de la ubicuidad— que el veredicto del jurado había sido VIOLACIÓN Y ASESINATO: Eros y Tanatos, dos almas gemelas.

Pero permítanme ser indiscreta y preguntarles: si ustedes supieran que habían de ser asesinados en una noche cualquiera en un lugar cualquiera y por un motivo cualquiera, ya fuera este vulgar o no, ¿no preferirían morir con champagne?

Lo cierto es que, fuera o no el champagne el instrumento de una voluntad asesina, es probable que Dolores no paladeara ni una triste gota de ese espumoso líquido que le asestó el golpe de gracia y le proporcionó un billete gratis para viajar, sin las incomodidades que sufrimos aquí en la tierra, a algún otro paraje donde es probable que ya esté contando a sus nuevas amistades los insólitos pormenores de su muerte.

Yo, periodista inquieta, y ávida de veracidades, corrí en pos del testigo presencial y supuesto autor del fatídico descorchamiento de aquella botella de champagne. He aquí el relato que me hizo Bernabé; hélo aquí para quien desee aventurarse por los meandros de un asunto escabroso para unos y, para otros —entre los que me honra incluirme—, simplemente tragicómico y absurdo. Cedo pues la palabra a Bernabé.

«—¿Nata?

»—Sí, por favor, me encantaría».

(Muy británico todo hasta el momento, muy «Oh darling, would you like a cup of tea?». «Yes, please». Ningún rastro de voluntad homicida parece enturbiar la fiesta. En primer plano, casi primerísimo. Aparecen dos objetos cuya identificación no ofrece dificultad alguna: se trata de un sexo femenino desnudo de todo artificio ocultador y de un falo en estado evidente de excitación. Ambos dialogan en paz; están solos y parecen entenderse bastante bien por ahora. La violencia debe andar muy lejos de este lugar).

«Tras el signo de aquiescencia de Dolores, a quien en la intimidad, yo solía llamar Lola, me incrusté lentamente en el pastel cilíndrico y me moví tímidamente al principio, como expectante; desconocía por completo aquella sensación. Luego seguí avanzando hasta sentirme totalmente abrazado por el bizcocho. Era un buen lugar para instalarse. El miembro se me puso muy duro. También Lola estaba muy excitada; vi cómo su sexo me hacía gestos en cuyo acolchamiento apuntaba ya la ansiedad pero yo preferí ahondar en aquella sensación agradablemente esponjosa y me restregué hasta que la punta de la verga sobresalió por el otro extremo del pastel, acompañada de un leve desprendimiento de nata. Un alud de nieve cayó en el suelo, muy cerca de la botella de champagne que en aquellos momentos todavía esperábamos saborear para celebrar la llegada del año nuevo. Perseveré en mi suave rotación, ceñido por el bizcocho cilíndrico y desafiando con un ritmo cada vez más rápido al sexo de Lola. Ella se acercaba juguetona, suave y lánguida, conteniendo la ansiedad de su vulva. La contraía, la relajaba y luego, como en uno de esos juegos de predecible final, la alejaba suavemente. Yo acepté el desafío aunque la penetración del pastel me absorbía hasta el punto de olvidar a Dolores.

»Era una noche amarilla, de estridencias secretas, de urgencias que iban tomando impulso, como si fueran a desmelenarse de un momento a otro en un triple salto mortal de imprevisibles consecuencias. Volví a esconder en el bizcocho la punta de mi falo para escamotearlo a la mirada ávida de Lola. Ignoro por qué inicié ese juego que ahora me culpa inevitablemente. Tal vez lo hiciera para empujar a Lola hacia un deseo frenético e insoportable de mi miembro o acaso para prorrogar ese goce deliciosamente vulgar de la cópula.

»Recuerdo que cerré los ojos, absorto en la delicada textura del bizcocho. Sentía cómo la nata desbordaba y me lamía los testículos, bajaba por mi entrepierna y chorreaba hasta llegar a mis pies. Tomé un poco de nata y me la restregué por todo el cuerpo hasta que esta, como una lengua inmensa, me lamió entero. Dolores debió intuir que me hallaba al borde del estremecimiento final porque sus manos intentaron asirme, no recuerdo bien dónde. Tal vez tratara de tomar posesión de mi falo, pero este se negó a abandonar la cavidad que tan bien lo envolvía y tanto placer le proporcionaba. Sé que aparté a Lola con brutalidad y que ella intentó acariciarme una vez más; se lo impedí con más violencia aún. Lola me cubrió de escupitajos y de insultos. Abrí los ojos y vi, muy cerca de mí, un rostro completamente desencajado y tenso, de mejillas febriles y ojos que amarilleaban de deseo: era un deseo vidrioso y áspero que me enardeció todavía más. Mi falo había perdido por completo la serenidad y le gritó a Lola que prefería el bizcocho, que nunca más volvería a follarla, que no la deseaba, que daba un asco inmenso su coño abierto y dilatado, babeante y sin misterio alguno. Llena de rabia, lloriqueante y maldiciendo, Lola me empujó y me hizo caer al suelo; el bizcocho y yo aterrizamos impertérritos y proseguimos nuestro juego, ajenos a una Lola que jadeaba y me cubría de improperios. Seguí moviendo culo y caderas y embistiendo el cilindro mágico con mi verga hasta que el placer convulso llegó y, en un portentoso arrebato, me cegó.

»Cuando volví a abrir los ojos y me incorporé, el bizcocho, hecho migajas, yacía entre el suelo y yo: mi polla lo había reventado en un frenético vaivén y ahora tan sólo era un amasijo informe de pastel, nata y esperma. Hundí mi lengua en aquella papilla y la recorrí entera a besos y lengüetazos hasta que en el suelo no quedó ni rastro del suculento festín; entonces me sentí como la mantis religiosa que devora a su amante tras el coito. Pero lejos de sentirme culpable, me dije que había sido un polvo diferente y memorable. Un polvo de archivo. Quedé echado boca abajo y me adormilé un rato, completamente extenuado».

Dolores, Lola en la intimidad de Bernabé, Lola para los amigos, se hallaba lejos de compartir la opinión de su amante. Su rostro se agarrotaba en una mueca rígida y dolorosa. (Permítaseme aprovechar la pausa que en el relato impone el momentáneo descanso de Bernabé, descanso de guerrero, para aventurar la reacciones, no menos frenéticas, de la otra protagonista de la fiesta).

Lola miró el reloj: eran ya más de las doce. El nuevo año había topado con un mal comienzo. Sin polvo, sin risas y sin champagne. ¿Sin champagne? ¿Por qué sin champagne? ¿Quién podía impedirle que bebiera el champagne? Bernabé dormía profundamente y la botella estaba a la espera de posibles gozadores de su contenido. Lola fue en busca de una copa y, todavía desnuda y ávida, empezó a descorchar la botella de champagne. Sin embargo, apenas había retirado el papel de estaño y los alambres que sujetaban el tapón, Dolores, Lola para los amigos, pensó que la botella podía tener otra utilidad, mucho más sugerente. Había leído cuentos sobre personas que se masturban con botellas y cuentos sobre botellas que se quedan tercamente incrustadas en los sexos de los masturbadores, pero eso no la intimidó. Empuñó la botella con tapón de corcho incluido y la introdujo en un sexo caliente y húmedo que agradeció inmediatamente la visita. Su vulva se movió sin recato alguno sobre el cuello de la botella, succionándola hacia dentro y expulsándola parcialmente luego; el sufrimiento quedaba atrás: aquel sucedáneo de la verga del traidor Bernabé funcionaba a la perfección y añadía el estímulo imaginativo de la novedad. Onán debe sentirse muy satisfecho al ver cómo se incrementan las filas de sus seguidores.

Aquí nuestro feliz durmiente vuelve a tomar las riendas del relato interrumpido por el sueño.

«Mis ojos se abrieron lentamente a la realidad exterior: un sexo caliente, sexo que abraza un cuello de botella, danza del vientre, Lola poseída por el placer, Lola con los ojos cerrados, la boca sensualmente entreabierta y el cuello, delgado y hermoso, arqueado hacia atrás. Volví a excitarme. El pelo largo y sedoso de Lola caía sobre sus hombros, cubría su espalda y uno de sus senos. Quise lamerla entera, poseerla, desgañitarla en mis brazos. Me levanté e intenté arrebatarle la botella que sus piernas ceñían con fuerza. Pero mi irrupción en su placer no fue bien recibida. Ciega y enardecida de placer, Lola siguió jugando con la botella, aspirándola y escupiéndola con los movimientos de su coño; meneando vientre, culo, tetas y caderas a un ritmo cada vez más enloquecido; había sabido vengarse y prescindir de mi presencia. El orgasmo no estaba ya muy lejos. Supe que no aceptaría ningún gesto mío, de modo que me limité a gozarla visualmente. Hubo un momento en que todo su cuerpo se encabritó estremecido, palpitó como una bomba y exhaló gemidos de placer. No había concluido aún aquel paroxismo cuando algo muy extraño se produjo en el interior de Lola. Se oyó un ruido sordo, de estallido ahogado. Los ojos de Lola se abrieron súbitamente. Un grito le quedó colgado en los labios entreabiertos, todavía sensuales y tentadores. Mis ojos viajaron de su rostro al coño que había empezado a manar algo burbujeante, pero que no tenía el color del champagne: aquel líquido rojo formó un charco en el suelo. Y el charco se fue haciendo más y más grande hasta que Lola se desplomó y la botella cayó al suelo. Aterrado, vi que la botella ya no tenía tapón; muerto de miedo, constaté que la botella estaba vacía; completamente paralizado de pavor, me di cuenta de que Lola estaba muerta, muerta sobre un charco que olía a sangre y a champagne. El tapón de la botella no aparecía por ninguna parte. Más tarde el médico forense lo extrajo de su vulva, destrozada tras el descorchamiento de la botella».

Resulta difícil creer que nadie tomara en serio el relato de Bernabé Lahiguera; sin embargo así fue. Tal vez porque condenar el champagne por homicidio habría sido una medida ciertamente impopular, y el Tribunal Supremo se habría visto obligado a hacer un montón de horas extraordinarias. En todo caso, he de advertirles que, pese a estar convencida de que Bernabé no miente, no quisiera yo que ni el champagne ni el placer onanista perdieran a ninguno de sus incondicionales.

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