La segunda vida de Bree Tanner (Crepúsculo, #3.5) – Stephenie Meyer

La segunda vida de Bree Tanner

Stephenie Meyer

Crepúsculo – 3.5

Para Asya Muchnick y Meghan Hibbett

Introducción

No hay dos autores que aborden las cosas del mismo modo exacto. Todos nos inspiramos y nos motivamos de formas diferentes; y tenemos nuestras propias razones para que determinados personajes permanezcan a nuestro lado mientras que otros desaparecen en una maraña de archivos abandonados. Yo, personalmente, no he sabido nunca por qué algunos de mis personajes han adquirido una vida independiente con tanta fuerza, pero siempre me alegra cuando lo hacen. Ésos son los personajes que se desarrollan con menor esfuerzo, y son por tanto sus historias las que llegan a buen puerto.

Bree es uno de esos personajes y, además, la principal razón de que este relato se encuentre ahora en tus manos y no se haya perdido en el laberinto de carpetas olvidadas de mi ordenador (las otras dos razones se llaman Diego y Fred). Empecé a pensar en Bree cuando estaba editando Eclipse. Editando, no escribiendo: mientras escribía el primer borrador de Eclipse, llevaba puestas las anteojeras de la narración en primera persona; todo aquello que Bella no podía ver, oír, sentir, saborear o tocar era irrelevante. Aquella historia era exclusivamente la de su experiencia.

El siguiente paso en el proceso de edición consistía en alejarse de Bella y ver cómo fluía la historia. Mi editora, Rebecca Davis, desempeñó un papel fundamental en dicho proceso: tenía gran cantidad de preguntas que hacerme sobre las cosas que Bella no sabía y acerca de cómo podíamos aclarar más las claves de esa historia. Dado que Bree es la única neófita a quien ve Bella, la perspectiva de Bree fue la primera a la que me aproximé al analizar lo que estaba pasando en segundo plano. Empecé a pensar en la vida en el sótano con los neófitos y en la caza al estilo tradicional de los vampiros. Me imaginé el mundo tal y como Bree lo entendía. Y resultó sencillo hacerlo. Desde el principio, Bree estuvo muy definida como personaje, y algunos de sus amigos cobraron vida sin esfuerzo. Así es como me suele ir a mí en estas situaciones: intento escribir una breve sinopsis de lo que está sucediendo en cualquier otra parte de la historia y acabo garabateando diálogos. En este caso, en lugar de una sinopsis, me sorprendí a mí misma escribiendo un día en la vida de Bree.

Con Bree era la primera vez que me metía en la piel de un narrador que fuese un vampiro «de verdad»: un cazador, un monstruo. Llegué a mirarnos a nosotros, los humanos, a través de sus ojos rojos; de repente éramos débiles y patéticos, presas fáciles, sin importancia ninguna excepto como un apetitoso bocado. Sentí cómo era estar sola y rodeada de enemigos, siempre en guardia, sin ninguna certeza excepto que la propia vida está en peligro. Llegué a sumergirme en una raza totalmente distinta de vampiros: los neófitos. La vida como neófito era algo que jamás había llegado a explorar, ni siquiera cuando Bella por fin se convirtió en un vampiro. Ella jamás fue una neófita como lo fue Bree. Resultó emocionante, siniestro y, en última instancia, trágico. Cuanto más me acercaba al inevitable final, más fuerte era mi deseo de haber concluido Eclipse de un modo sólo ligeramente distinto.

Me pregunto qué te parecerá Bree. En Eclipse es un personaje muy breve y en apariencia trivial. Su vida se reduce a cinco minutos desde el punto de vista de Bella, y aun así, qué importante es su historia para la comprensión de la novela. Cuando leíste la escena de Eclipse en la que Bella está mirando fijamente a Bree y la considera como su posible futuro, ¿en algún momento se te ocurrió pensar en lo que habría llevado a Bree hasta esa situación en el tiempo? Cuando Bree le sostiene la mirada, ¿te preguntaste cómo vería ella a Bella y a los Cullen? Es probable que no. Pero aunque lo hicieras, apostaría a que nunca te imaginaste sus secretos.

Espero que Bree acabe despertando en ti el mismo afecto que yo siento por ella, aunque en cierto modo no deje de ser un deseo cruel. Ya sabes que las cosas no terminan demasiado bien para ella. Pero al menos conocerás toda la historia. Y sabrás que no hay perspectiva que carezca de verdadera importancia.

Disfrútalo.

STEPHENIE

La segunda vida de Bree Tunner

El titular del periódico me fulminaba desde una pequeña máquina expendedora metálica: SEATTLE EN ESTADO DE SITIO — VUELVE A ASCENDER EL NÚMERO DE VÍCTIMAS MORTALES. Éste no lo había visto aún. Algún repartidor habría pasado a reponer la máquina. Afortunadamente para él, no se encontraba ya por los alrededores.

Genial. Riley se iba a poner hecho una furia. Ya me aseguraría yo de no estar a su alcance cuando viese el periódico y que fuera a otro a quien le arrancase el brazo.

Me hallaba de pie en la sombra que proporcionaba la esquina de un destartalado edificio de tres pisos, en un intento por pasar desapercibida mientras aguardaba a que alguien tomase una decisión. No deseaba cruzar la mirada con nadie, tenía los ojos clavados en la pared que había a mi lado. Los bajos del edificio habían albergado una tienda de discos cerrada hacía mucho; los cristales de las ventanas, víctimas del tiempo o de la violencia callejera, habían sido sustituidos por tableros de contrachapado. En la parte alta había apartamentos, vacíos —supuse— dada la ausencia de los habituales sonidos de los humanos cuando duermen. No me sorprendió, aquel lugar parecía que fuese a venirse abajo al primer golpe de viento. Los edificios al otro lado de la oscura y estrecha calle se hallaban en un estado igualmente lamentable.

El escenario habitual de una salida nocturna por la ciudad.

No quería abrir la boca y llamar la atención, pero deseaba que alguien decidiese algo. Estaba realmente sedienta y no me importaba mucho que fuésemos a la derecha, a la izquierda o por la azotea, lo único que quería era encontrar a algún desafortunado al que no le diese tiempo siquiera de pensar el peor lugar, en el peor momento.

Por desgracia, Riley me había hecho salir esa noche con los dos vampiros más inútiles sobre la faz de la tierra; nunca parecía importarle a quién mandaba en los grupos de caza, ni tampoco se le veía particularmente molesto cuando el hecho de enviar juntos a los integrantes equivocados suponía que un menor número de gente regresase a casa. Esa noche me habían encasquetado a Kevin y a un chico rubio cuyo nombre desconocía. Ambos formaban parte del grupo de Raoul, por tanto, ni que decir tiene que eran estúpidos. Y peligrosos. Pero en aquel momento, principalmente estúpidos.

En lugar de escoger una dirección para irnos de caza, de repente se hallaban inmersos en una discusión acerca de qué superhéroe sería el mejor cazador de entre los favoritos de cada uno de ellos. Era el rubio sin nombre quien ahora exponía su alegato a favor de Spiderman y ascendía deslizándose por el muro de ladrillo del callejón mientras tarareaba la sintonía de los dibujos animados. Suspiré de frustración. ¿Llegaríamos a irnos de caza en algún momento?

A mi izquierda, un leve indicio de movimiento captó mi atención. Era el otro integrante del grupo de caza enviado por Riley: Diego. No sabía mucho de él, sólo que era mayor que casi todos los demás. La «mano derecha» de Riley, ése sería el término apropiado. Eso no hacía que él me gustase más que el resto de aquellos imbéciles.

Diego me estaba mirando. Tuvo que haber oído el suspiro. Desvié la mirada.

Mantén la cabeza baja y la boca bien cerrada: ésa era la forma de seguir vivo con la gente de Riley.

—Spiderman es un llorón fracasado —gritó Kevin al chico rubio—. Yo te enseñaré cómo caza un verdadero superhéroe —mostró una amplia sonrisa y sus dientes centellearon con el brillo de la luz de las farolas.

Kevin cayó de un salto en mitad de la calle justo cuando los faros de un coche giraban para iluminar el pavimento agrietado con un destello azul blanquecino. Abrió los brazos, flexionados hacia abajo, y a continuación los fue cerrando lentamente como hacen los profesionales de la lucha libre para lucirse. El coche siguió avanzando, quizá en la suposición de que se quitaría de en medio de una puñetera vez como haría una persona normal. Como debería.

—¡Hulk se enfada! —vociferó Kevin—. ¡Y Hulk va… y MACHACA!

Dio un salto hacia delante para toparse con el coche antes de que éste pudiese frenar, lo agarró por el parachoques delantero y lo giró por encima de su cabeza de manera que golpeó boca abajo contra el pavimento en un estruendo de metal retorcido y cristales hechos añicos. En el interior, una mujer comenzó a gritar.

—Venga ya, tío —dijo Diego meneando la cabeza. Era guapo, con un denso y oscuro pelo rizado, ojos grandes y muy abiertos, y unos labios realmente carnosos, pero bueno, ¿quién no era guapo allí? Incluso Kevin y el resto de los imbéciles de Raoul eran guapos—. Kevin, se supone que tenemos que pasar inadvertidos. Ha dicho Riley que…

¡Ha dicho Riley! —le imitó Kevin con una desagradable voz de pito—. Ten agallas, Diego. Riley no está aquí ahora.

Kevin le dio la vuelta al Honda de forma brusca y rompió de un puñetazo la ventanilla del conductor, que, no se sabe muy bien cómo, había permanecido intacta hasta ese momento. Metió la mano a través del cristal roto y el airbag desinflado en busca de la conductora.

Le di la espalda y contuve la respiración en el mayor esfuerzo que pude hacer para conservar la capacidad de pensar.

No podía ver a Kevin alimentarse, estaba demasiado sedienta para eso y bajo ningún concepto deseaba iniciar una pelea con él. Tampoco me hacía ninguna falta ingresar en la lista de objetivos de Raoul.

El chico rubio no tenía los mismos problemas. Se soltó de los ladrillos de lo alto y aterrizó con suavidad a mi espalda. Oí los gruñidos que Kevin y él se dedicaban el uno al otro y, a continuación, el sonido viscoso de un desgarrón al tiempo que cesaban los gritos de la mujer. Lo más probable es que la hubieran partido por la mitad.

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