Jinetes del mundo incógnito – Alexander Abramov, Serguei Abramov

No acierto a comprender, ¿por qué los grandes maestros de la ciencia no se han preguntado la cosa más importante de todas: la razón de la visita de esos seres extraños? (Agitación en la sala.) Todos tienen una respuesta, lo sé, lo sé, tienen hasta dos respuestas. Algunos —cerca del 90%— consideran que vinieron en busca del hielo terrestre, que quizás es único por su composición isotópica en todo el universo. La minoría, encabezada por Thompson, cree que es un vuelo de reconocimiento con planes agresivos en el futuro. A mi juicio, el reconocimiento fue realizado ya hace mucho tiempo, pero nosotros no lo notamos. Esta vez, llegó una expedición poderosa y bien equipada (un silencio tenso se apoderó de la sala, sólo se oía el zumbido de los magnetófonos de los corresponsales); pero no de conquistadores, señores, sino de vuestros colegas de otros mundos, a fin de estudiar otra forma de vida (Gritos en la sala: “¿Y el hielo? ¿Y el hielo?”). Esperen unos minutos y tendrán su hielo. Esa es una operación secundaria. Lo más importante para ellos… somos nosotros mismos: la forma más alta de vida albuminoidea basada en el agua. Sin embargo, algo les impide estudiar esta vida aquí en la Tierra. Tal vez el medio ambiente o quizás el temor de alterarlo. ¿Qué se debe hacer? ¿Por dónde empezar? Como Dios, por la creación del mundo. (Murmullos en la sala y alguien grita: “¡Cállese, blasfemo!”). Yo soy tan blasfemo como Wiener, el padre de la cibernética. A la sazón, cuando él vivía, se oyeron voces idénticas a ésas: “¡Es obra del demonio! ¡Atenta contra el segundo mandamiento de la ley de Dios! ¡Está creando ídolos o algo semejante!” Sin embargo, hoy en día ustedes construyen robots y sueñan con crear el cerebro electrónico. La idea de construir la copia de nuestra vida captando toda su riqueza y complejidad es algo inherente a nuestros visitantes, porque, ¿qué otra cosa es el conocimiento, sino la copia de las cosas con la ayuda del pensamiento? Además, la transición de la copia mental a la copia material es sólo un paso más en el camino del progreso. No está lejano el día en que nosotros también logremos eso. Algunos afirman que se realizará en el siglo próximo. Siendo así, ¿por qué no aceptar que la supercivilización de los visitantes logró tal desarrollo, digamos, hace miles de años?”

El escritor hizo mutis, bebió un sorbo de un refresco y quedó pensativo. La sala esperaba. Nadie tosía, nadie se agitaba, nadie susurraba. Ignoro la lección que haya sido escuchada con tanta atención. Y el escritor continuaba encerrado en su silencio, en tanto que su mirada, pensativa y ensimismada, parecía vislumbrar algo lejano e inaccesible para todos los presentes, excepto para él:

“Si es posible crear la copia de la vida, entonces es posible también llevarla a otro lugar —siguió diciendo el escritor, pero en voz tan baja que en cualquier otro ambiente no lo hubiesen oído ni a tres metros de distancia, pero en esta sala no se perdió ni siquiera la entonación de sus palabras—; y allí, creando un medio favorable para su desarrollo, restablecerla. ¿Qué es necesario para ello? Sólo se necesitaría un satélite artificial, un asteroide, un planeta, la copia de la atmósfera terrestre y de la radiación solar, y, además, lo más importante: el agua, el agua, el agua, sin la cual es imposible la vida albuminoidea. He ahí la razón por la cual transportan el hielo terrestre en cantidades suficientes para irrigar por completo todo un planeta. De ese modo, en las profundidades de nuestra galaxia (o quizás en otra) surgirá un mundo nuevo, no la repetición del nuestro, sino su semejanza, y, además, de un parecido absoluto. ¿Por qué? Porque todas las copias hechas por los visitantes del cosmos son precisas y completamente análogas. (Réplica: “¡Un parque zoológico cósmico con antropoides en libertad!”).

Claro que en este zoológico se encontrarán individuos como el autor de la última réplica (Risas). Pero yo le corregiría: no un parque zoológico, sino un laboratorio. O, para ser más exacto: un instituto de investigación, donde la vida del hombre, con toda la complejidad de sus aspectos psíquicos, sociales, etc., será objeto de un estudio profundo, cuidadoso y atento. Esa vida, sin lugar a dudas, será estudiada —por alguna razón se realiza este experimento—, pero sin entrometerse en su curso; será estudiada en su evolución y progreso, y luego, al comprender su desarrollo, tal vez logren especificarlo y acelerarlo. Es todo lo que quería decirles. Esta es mi hipótesis. Ustedes pueden impugnarla, porque como toda hipótesis nueva, nacida de la imaginación, lleva en sí el germen de la contradicción y puede ser refutada. Sin embargo, a mí me es grato pensar que en un lugar lejano del Universo vive y evoluciona un corpúsculo de nuestra vida. No importa que haya sido copiada, no importa que haya sido sintetizada, lo que importa es que fue creada en aras de un gran objetivo: para el acercamiento mutuo de dos civilizaciones que hasta el presente están tan separadas, acercamiento cuyos cimientos fueron colocados en la Tierra. Y si acaso los visitantes regresaran, entonces volverían ya comprendiéndonos, enriquecidos por esa comprensión de que supieron tomar algo de nosotros y con el conocimiento seguro de lo que nos deben dar a fin de marchar juntos por la senda del progreso”.

El escritor, levemente encorvado, abandonó la tribuna. Le acompañó un silencio profundo, un silencio mucho más elocuente que una tempestad de aplausos.

Capítulo 28 – La mancha violeta

Abrieron una especie de trinchera en el mismo borde de la meseta de hielo, que parecía cercenada por un cuchillo gigantesco. El profundo tajo que fulgía por la claridad y que reflejaba el azul del cielo carente de nubes, descendía desde la altura de un edificio de cinco pisos. No era realmente un corte, sino una excavación ancha, aproximadamente de 300 metros de diámetro, que se prolongaba hacia el horizonte. Su forma ideal y recta hacía recordar el cauce de un canal artificial en espera del agua. Este canal vacío, cortado en la masa de hielo, se extendía hasta la mancha violeta.

En la ininterrumpida pared del fuego frío y azul, esta mancha obscura parecía ser una entrada o una salida, por la que podía pasar libremente no sólo un cruzanieves, sino hasta un rompehielos de proporciones medianas, aun sin tocar sus bordes desiguales y pulsatorios. Enfoqué mi cámara en dirección a la mancha violeta, gasté varios metros de película y me detuve. La mancha era como otra cualquiera, sin presentar nada maravilloso.

La pared de fuego, por el contrario, superaba a todas las maravillas del mundo. Imagínese usted la llama azul de una lámpara de alcohol iluminada por detrás por los rayos de un sol pálido que penda sobre el horizonte. Las lenguas de fuego refulgen en la luz y adquieren tonalidades azules, ascienden una junto a la otra, pero no se funden en una llama densa y regular, sino que colindan por los bordes creando un fantástico cristal.

Imagínese ahora que las llamas hayan ascendido hasta la altura de un kilómetro, que se hayan doblado hacia adentro allá en el cielo azul pálido y confluido en un cristal gigante, que no refleja, sino que rapta toda la belleza del cielo pálido, de la mañana blanca y del sol lánguido. Fue un error llamarlo octaedro. En primer lugar, su parte inferior era plana como la meseta en que descansaba, y en segundo, porque tenía muchas caras irregulares y asimétricas, tras las cuales brillaba y serpenteaba un gas azul de sin par belleza.

—No puedo apartar mi vista de este fenómeno —dijo Irina cuando caminábamos por un campo de patinaje en dirección a la llama azul. Estábamos a 30 metros de ésta, pero no podíamos avanzar más porque nuestros cuerpos adquirían una pesadez invencible—. La cabeza me da vueltas como si estuviera en el borde de un precipicio. Yo vi las Cataratas del Niágara, son maravillosas, pero no se pueden comparar con lo que vemos ahora. Esto deja a uno hipnotizado.

Traté de contemplar la mancha violeta. Esta era real y hasta trivial: parecía una tela de color lila extendida y limitada por un marco deforme.

—¿Será ésta la entrada? —se preguntó en voz alta Irina—. Es la puerta que conduce al milagro.

Recordé a la sazón la conversación que mantuvieron ayer Thompson y Zernov.

—Ya le dije a usted que ésta es la entrada —afirmó Thompson—. Humo o gas. El diablo lo sabrá. Ellos pasaron por ella uno tras otro, en cadena. Lo vi con mis propios ojos. Ahora pasamos por ella nosotros.

—No, ustedes no, sino la onda explosiva dirigida —replicó Zernov.

—¿Y cuál es la diferencia? Les demostré que los hombres son capaces de razonar y hacer conclusiones.

—Si un mosquito encuentra un hueco en el mosquitero y chupa la sangre del hombre, ¿cree usted que eso es suficiente para afirmar que ese mosquito razona y hace conclusiones?

—¡Bah! ¡Ya me cansan estas conversaciones sobre las civilizaciones de mosquitos! Nosotros somos una civilización real y no mosquitos o bichos. A mi juicio, ellos se dieron cuenta de eso: y esto ya de por sí es un contacto.

—Nos costó demasiado caro. Una persona ha pagado ya con su vida.

—Fue un accidente elemental. Posiblemente los alambres de los detonadores se humedecieron o algo por el estilo. Todo puede suceder. Un petardista no es un jardinero. Además, Hanter pereció por su propia culpa, ya que tuvo tiempo suficiente para saltar a la grieta. De haberlo hecho, la onda explosiva rechazada habría pasado por encima de él.

—La rechazaron, a pesar de todo.