Historia de mis desventuras – Pedro Abelardo

Historia de mis desventuras

Pedro Abelardo

Estudio preliminar y notas: José María Cigüela

ESTUDIO PRELIMINAR

Caracteres de la época de Abelardo

Abelardo (1072-1142) pertenece por su actividad al siglo XII. Para comprenderlo conviene tener presente las princi­pales características de su siglo.

Huizinga afirma que “el siglo XII fue una época de inigualada capacidad creadora y formadora”.1 Chenu y Vignaux no dudan en considerarlo un siglo de renacimiento dentro de la Edad Media.2 Y para Gilson el siglo XII es un siglo de “fermentación espiritual y de humanismo religio­so”.3

“Nuevas formas de contacto social más activas se habían desarrollado en las ciudades que cubrían toda la extensión de occidente (viejas ciudades que de nuevo florecían y otras de reciente formación) Organizáronse nuevas órdenes: paralela­mente a las vastas y antiguas abadías de San Benito se fundaron monasterios de cartujos y de agustinos, de cistercienses y premostatenses. La expansión agraria interna y la colonización de las regiones periféricas amplió el ámbito europeo. La caballería y el ascetismo se fusionaron en el ideal de la sagrada orden caballeresca, tanto en el este como en el oeste.”4 “El siglo XII -como dice Gilson- presenció el extraordinario desarrollo de los cantares de gesta, la ornamen­tación escultórica de las abadías cluniacenses o borgoñonas, la construcción de las primeras bóvedas góticas, el floreci­miento de las escuelas y el triunfo de la dialéctica.”5 Tal es el siglo de Abelardo visto por sus más prestigiosos historiadores.

Centros culturales en tiempos de Abelardo

Cuando Abelardo entró en escena, muchas eran las escue­las que florecían. Cabe recordar en primer término la escuela de Chartres, en la que se destacaron Bernardo de Chartres, Gilberto de Porree y Thierry de Chartres. De orientación platónica, la escuela encaminó su preocupación hacia los problemas cosmológicos y metafísicos. En 1126 es su canci­ller Gilberto de Porree, agudo metafísico, algunas de cuyas obras merecieron ser comentadas por san Alberto Magno. Thierry de Chartres nos ha legado un Heptateucon, enciclope­dia sobre el contenido de las artes liberales. La escuela fue un centro de actividad filosófica y literaria y entre sus discípulos célebres figura Juan de Salisbury, gran humanista y crítico del siglo. Casi todos estos profesores estuvieron en contacto con Abelardo.

Guillermo de Champeaux, destacada personalidad en lógi­ca, enseñaba en la escuela parisina. A él acudió Abelardo y lo atacó duramente hasta nacerlo enmudecer. A Guillermo se debe el origen de la famosa escuela de san Víctor en la que brillaron Hugo de san Víctor (1097-1141), autor entre otras obras de un tratado De Sacramentis escrito contra la orienta­ción racionalista en teología de Abelardo. Un gran místico de la escuela fue Ricardo de san Víctor.

Otro gran movimiento cultural del siglo XII –al cual podemos llamar cisterciense– es el encabezado por san Bernardo de Claraval. San Bernardo (1091-1153) fue un hombre de acción, un gran asceta que, por su santidad y elocuencia, ejerció profunda influencia en el siglo. Aunque no mantuvo una actitud positiva hacia la filosofía tiene un nombre destacado en el campo de la mística. Fue éste uno de los más recios enemigos que enfrentó Abelardo.

También se destacó dentro de esta escuela el místico Guillermo de Saint Thierry, amigo y confidente de san Bernardo, bajo cuyo influjo extractó de las obras de Abelardo las proposiciones condenadas en el concilio de Sens.

Anselmo de Laón, discípulo de san Anselmo en Bec, dirigía durante la juventud de Abelardo la escuela teológica de Laón. Fueron sus discípulos Alberico de Reims y Lotulfo de Novara, animadores del concilio o sínodo de Soissons (1121) que condenó a Abelardo por primera vez. A esta escuela de Anselmo de Laón concurrió Abelardo para apren­der teología; la descripción burlesca de Anselmo que nos ha legado en su autobiografía demuestra que el viejo maestro fue para él un ídolo hueco.

Hombre notable fue Juan Roscellin a quien también escuchó Abelardo en Santa María de Loches. El único escrito que de Roscellin se conserva es una carta dirigida a Abelardo donde le reprocha virulentamente su ingratitud de discípulo.

Problemática que se agitaba en las escuelas

Dos grandes problemas se agitaban en el seno de estas bulliciosas escuelas: uno era de índole puramente filosófica; el otro se enraizaba en la esencia misma de la teología. Los profesores de dialéctica o lógica se debatían tratando de resolver el famoso problema de los universales, las escuelas teológicas estaban poniendo las bases de la que será la gran teología del siglo XIII. En efecto, bajo la orientación dada por el lema anselmiano: fides quaerens intellectum (la fe en busca de la inteligencia) trataban de aplicar la razón a los contenidos de la fe. El viejo problema de la relación entre fe (autoritas) y la razón(ratio) se planteó de nuevo por este camino en el siglo XII.

Esta doble problemática se entrecruzaba de hecho. Gilson ha escrito: “Mientras Platón y las especulaciones sobre el Timoteo hacen las delicias de los maestros de Chartres, se ve a la lógica alcanzar un desarrollo impensado, introducirse más indiscretamente que nunca en la teología y reavivar el viejo antagonismo entre el partido de los dialécticos o filósofos y el partido de los místicos y de los teólogos.”6

Como correspondía a un siglo de índole turbulenta y crítica, los choques entre las dos fracciones fueron violentos.

Abelardo y los problemas filosóficos de la época

Natural de Pallet, ciudad cercana a Nantes, Abelardo demostró pasión por el estudio desde sus primeros años. Thierry de Chartres le enseñó el quadrivio y, según parece, añadió a su nombre de pila el de Abelardo. En 1094 escuchó al nominalista Roscellin y sostuvo con él dura polémica. En 1100 entra en la escuela de Guillermo de Champeaux, en París. El primer problema con que se encara públicamente Abelardo es el referido problema de los universales.

En el fondo, este problema tocaba uno de los más interesantes de la filosofía: el epistemológico. Histórica­mente, el problema de los universales hinca sus raíces en la filosofía griega de Platón y Aristóteles. En el siglo VI lo introduce al mundo latino medieval Boecio, al traducir y comentar Isagoge, obra del neoplatónico Porfirio. Este plan­tea una serie de preguntas sobre el valor real de las nociones universales a las que se abocaron los medievales. Las mismas se pueden resumir de la manera siguiente: I) Los universales, especies y géneros lógicos, ¿existen en la realidad o sólo en el pensamiento? II) Si existen en la realidad, ¿son realidades corpóreas o separadas de las cosas sensibles? Abelardo añadirá una cuarta cuestión que puede quedar formulada así: ¿Los géneros y las especies seguirán teniendo significación para el pensamiento aun cuando dejen de existir los indivi­duos a los que corresponden?

Una respuesta a tales cuestiones fue la nominalista. Estuvo formulada históricamente por Roscellin. Los universales no consisten sino en el fonema, son meras voces que a nada responden en la realidad ni en el pensamiento. Desde este punto de vista la lógica quedaba reducida a la gramática. Abelardo refutó magistralmente la tesis de Roscellin, peligro­sa, por otra parte, cuando las consecuencias repercutían en teología. San Anselmo había acusado de tritreísmo al padre de los nominalistas. Abelardo le hizo ver que el universal no sólo es una vox, un sonido, sino también un sermo, una emisión de sonido con significación. En cuanto simple voz, el universal es más bien un particular.

Otra solución al problema planteado por Porfirio y recogi­do por Boecio fue el aportado por el realismo. Se llamó realis­mo, en la cuestión de los universales, a la posición que afirmó que la idea universal era una cosa (reí) Diversos fueron los matices del realismo medieval y no podemos detenernos aho­ra en el detalle de cada una de las posiciones particulares. En la época de Abelardo el representante principal de esta ten­dencia fue Guillermo de Champeaux, quien defendía la teo­ría llamada en los tratados de la identidad física. “La especie es una e idéntica y su esencia se encuentra toda y de la misma manera en todos y en cada uno de los individuos.”7

La naturaleza humana está toda entera en los individuos humanos, no existiendo otra distinción entre los individuos que la que se origina en el número y proporción de los accidentes.8 Abelardo, apoyándose en la predicabilidad del universal, demostró que no podía éste ser una cosa: ninguna cosa puede predicarse de otra cosa; sólo los nombres tienen la propiedad de la predicabilidad. Desde el punto de vista de la lógica es absurdo decir que Sócrates es Platón.

Por otra parte, afirmar que la naturaleza humana es idéntica físicamente en Platón y Aristóteles conlleva una serie de inconsecuencias reales, difíciles de poder ser sustentadas. Lo único real es para Abelardo, el singular. El cual es singular esencialmente. Los individuos se distinguen unos de otros no sólo accidentalmente sino sustancialmente, desde el punto de vista de la física aristotélica.

Tampoco le admitió a Guillermo de Champeaux la teoría de la indiferencia, en la cual se refugió al abandonar su primera posición. Pero la segunda posición de Guillermo de Champeaux no se diferenciaba sustancialmente de la primera por cuanto continuaba afirmando, en el fondo, que el universal era una realidad. Abelardo, no sólo refutó esta nueva postura de su maestro, sino que lo humilló tanto que le hizo perder su prestigio de profesor. A raíz de estos hechos Guillermo se retiró de la docencia.

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