El velo #1: Ángeles y demonios – Tiffany Aaron

El velo #1:

Ángeles y demonios

(Libro 1 de la serie el velo)

Tiffany Aaron

Resumen:

El infierno explota desparramado… y las cosas se ponen más ardientes que nunca.

Un delgado Velo se acomoda entre el Infierno y la Tierra, protegiendo a los mortales de los demonios al otro lado. Cuando un demonio taimado logra cruzar al otro lado, la protectora Beltaine entra para eliminarlos.

Medio demonio, medio mortal, Beltaine ha visto lo peor que ambas especies pueden ofrecer. Ahora un lunático trata de desgarrar el Velo por la mitad. La consiguiente guerra destruirá el mundo. Beltaine debe encontrar al maligno hombre decidido a asumir el control del Infierno… y tiene que hacerlo con el ángel más excitante que alguna vez se ha encontrado.

Es la primera misión de Kalan a solas para la Hueste de la Corte Celestial, y está consternado al encontrar que tiene que trabajar con una mujer engendrada por un demonio. La participación de Beltaine le irrita, pero sus exuberantes curvas y su apetitosa boca impulsan a su cuerpo a la distracción.

Si la lujuria puede juntar los opuestos, ¿puede el amor y la confianza crecer entre ellos? ¿Encontrarán al psicópata que quiere una guerra con el Diablo y lo detendrán antes de que el Cielo desate su furia?

VOLUMEN 1: EL ÁNGEL DE BELTAINE

Prólogo

Él estaba parado en las sombras, una imagen refinadamente indiferente, pero la luz en sus ojos destruía esa ilusión. Sus ojos, negros como el tizón, ardían con rabia y locura. El servicio casi había concluido, y él estaría solo en unos minutos. Se movió nerviosamente mientras su excitación aumentaba. Esta noche daría los primeros pasos para alcanzar su venganza. El hombre giró y se ubicó detrás de uno de los pilares de la antigua iglesia cuando el sacerdote principal bajó por el pasillo. No podía arriesgarse a ser visto. Nadie debería saber lo que había hecho hasta que fuera demasiado tarde para que alguien pudiera detenerlo.

Pronto el santuario estuvo vacío, con sólo las llamas de las velas para ver. Él se arrodilló delante del altar. Clavando la mirada hacia arriba en el crucifijo, no pudo menos que preguntarse por qué el Hijo se había suicidado. La rabia destelló en su interior hasta que no pudo contener un gruñido de odio. Sus ardientes ojos encontraron la mirada fija del hombre en la cruz, y sintió una fría sacudida correr a través de él. Espera un momento, una voz tranquila de razón disparó en su mente. Él fue asesinado. Fue tu hijo el que se suicidó. La angustia destrozó su corazón, e inclinó su cabeza hacia el suelo.

La frescura del mármol le devolvió sus sentidos. Su hijo había muerto por suicidio, pero el hombre sabía que su hijo no tenía la culpa. El Diablo le obligó hacerlo, y el Diablo iba a pagarlo. Sólo llevaría un poco más de tiempo hasta poder hacer sus movimientos.

Levantándose, no volvió a mirar la cruz de nuevo. Él paseó a lo largo de un pasillo lateral hasta dónde había una pequeña y oscura puerta ubicada en la pared. Comprobó el lugar, asegurándose de que nadie lo seguía mientras abría la puerta y bajaba dentro del sótano de la iglesia. Temblando por el frío malsano y húmedo del sótano, buscó el símbolo en los grises ladrillos. Finalmente, en la parpadeante luz encontró la pequeña cruz invertida y la empujó. Un sonido chirriante rebotó en la oscuridad mientras un panel se movía para revelar un túnel que conducía hacia abajo.

Entró y bajó sigilosamente por el estrecho pasadizo. El panel se cerró detrás de él, impidiendo la entrada de la luz de la linterna. La confianza lo llenó mientras se abría paso muy por debajo de la iglesia y dentro de las catacumbas. Algunos de los más poderosos y religiosos líderes de la iglesia habían sido enterrados en esos sepulcros subterráneos. Su poder latente pendía en la oscuridad. Él no temía la oscuridad más de lo que temía la luz. Los débiles mortales creían que la luz les ayudaría, cuándo deberían tratar de alcanzar la oscuridad. El Mal estaba al acecho en ambos, pero era sólo en la oscuridad dónde él encontraría su venganza.

El túnel conducía hacia un pequeño cuarto circular decorado con tallas antiguas y un elaborado altar. Este había sido construido con la misma piedra gris en que fueron talladas las catacumbas. Dos gruesos pilares servían de apoyo a la gran pieza de piedra plana que formaba la cima del altar. Intrincadas tallas de criaturas aladas se retorcían en medio de las llamas. Dos cubos de hierro parecían provenir del centro de la mesa. Manchas oscuras salpicaban la piedra gris. Se preguntó si otros sacrificios habrían sido cometidos en esta cámara. Sabía que éste había sido un lugar de encuentro para los mismos hombres cuyos cuerpos estaban sepultados en las catacumbas.

Cuando entró en la cripta principal, un jadeo provino desde el centro del cuarto. Él permitió a su mirada detenerse sobre la muchacha que se arrodillaba sobre el sucio suelo, una sonrisa helada cruzó su cara. Su criado había logrado tener éxito esta vez. Dando vueltas alrededor de la muchacha, él la estudió desde cada ángulo.

Alguna vez ella fue bonita, pero el tiempo en las calles había borrado cualquier semejanza con esa muchacha que fue anteriormente. El negro pelo colgaba en flojas hebras sobre su sucia cara. Las contusiones que estropeaban su cara le dijeron que sus criados no habían sido muy amables al arrastrarla hacia las cámaras. Su ropa revelaba más de su cuerpo anoréxico de lo que la cubría y hablaba de cómo había vivido en las calles de Ericksberg. Él se sacudió las manos aferradas mientras ella se agarraba a su pierna con un jadeo. La repugnancia lo llenó cuando vio las marcas de agujas estropeando su piel. Los temblores sacudían su cuerpo, y se alejó de ella. Se acercó hacia una de las criptas en las paredes de las catacumbas. Levantó una tapa y recuperó su túnica.

–Por favor, señor déjeme ir.

–Lo lamento. Eres necesaria para algo mucho más importante que callejear. –Él no hizo caso a sus suplicantes ojos.

El terror brillaba en su cara, pero parecía dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de recuperar su libertad. Tirando su cabello hacia atrás, ahuecó sus pechos y los levantó hacia él.

–Puedo darte placer. Solo déjame ir cuando hayas terminado.

Él enmudeció. No habría forma alguna de que ensuciara su cuerpo tocándola.

Se desnudó y resbaló sobre su cabeza una túnica roja de seda. Le gustó sentir la fresca tela calentarse al absorber el calor de su propio cuerpo. Metiendo la mano en el ataúd otra vez, él sacó una larga cuerda. La muchacha chilló cuando tomó sus muñecas y las ató juntas. Cuando ella luchó por escaparse, él le sonrió abiertamente. Cuando ella descubrió que no podría romper la cuerda, comenzó a maldecirlo.

Él supo que esto era otro signo que su alma no era pura, pero no buscaba un sacrificio puro aquella noche. Él quería ver qué tan fuerte su poder era, y necesitaba sangre para el siguiente paso. Tomando sus manos atadas, la colgó de un gancho en medio del bajo techo que estaba sobre el altar y comenzó a cantar.

La tierra tembló y el poder se unió a su alrededor. Una pequeña sacudida de sorpresa rasgó a través suyo. Entonces las palabras del pequeño libro eran verdaderas. Había hechizos que hasta el mismo Diablo temía. Los gritos de la muchacha reverberaban sobre la piedra y la suciedad de las cámaras mortuorias. Tirando la brillante hoja de su cinturón, levantó su voz que se mezcló con sus agudos gritos. En los sonidos resonando detrás de él, juraría que oía cientos de voces participando. ¿Acaso eran los monjes y sacerdotes cuyos espíritus habitaban las criptas los que levantaban sus voces uniéndose a él?

Ante sus ojos, una luminiscencia brilló débilmente. Él no podía ver nada del otro lado de ella, pero sintió la presencia de seres que era mejor no ver. Había una urgencia construyéndose, algo le decían a través de la cortina. Las leyendas eran verdaderas. Había un velo que ocultaba el Infierno y sus moradores de los mortales sobre la Tierra. Para poder entrar en el reino del Diablo, tenía que partir esa barrera. El primer desgarrón iba a ser pequeño, pero para asegurarse que alcanzaría el poder tendría que crear una grieta más grande.

Su canto y los gritos de ella alcanzaron un crescendo hasta que la voz de ella desapareció bruscamente. Pequeños agujeros aparecieron sobre el velo donde su sangre lo golpeó. Cayendo de rodillas, él gritó cuando el triunfo se precipitó en su corazón y mente, enviándolo a una bienvenida oscuridad. El último pensamiento antes de perder la conciencia fue que había funcionado y pronto el Diablo pagaría por lo que le había hecho a su hijo.

* * * * *

Un demonio pequeño y oscuro forzó la barrera y se puso de pie cerca del hombre. Tocando su frente con una larga garra, siseó ante la locura que  enturbiaba el cerebro del mortal. La determinación del hombre de rasgar el velo en dos significaría que al final los demonios andarían por todas partes, pero la criatura no tenía el poder para detenerlo. Salió furtivamente de las catacumbas para buscar ayuda mortal.

Tratar con la gente podría ser un asunto difícil para un demonio. La intolerancia de los mortales ante criaturas diferentes a ellos hacía peligroso pedirles ayuda, pero no quería morir, y había sólo un mortal capaz de detener la rotura del velo. Esperaba que ella estuviera dispuesta a detener la destrucción porque su vida también estaba en el peligro.

Olas expansivas corrieron por el Cielo y el Infierno cuando la barrera fue violada. La hueste del Cielo y la horda del Infierno comenzaron a prepararse. Una batalla surgía en la distancia si el equilibrio no era restaurado. Los ángeles corrieron hacia la Tierra mientras los demonios bramaban ante el velo.

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