El ladrón de humo – Shana Abe

El Ladrón de humo

Shana Abe

Título Original: The Smoke Thief (Drakon #1)

(Traducción amateur – Traducción no oficial)

Argumento

Durante siglos vivieron en secreto en las verdes colinas neblinosas del norte de Inglaterra.
Son criaturas de extraordinaria belleza, fuerza y sensualidad que poseen la capacidad de cambiar de forma y transformarse de humanos en dragones y nuevamente en humanos.
Ahora, su secreto –y supervivencia- se ve amenazada por una tentación que romperá cada una de sus reglas…
Con el seudónimo de El ladrón de humo, un astuto ladrón de joyas desorienta a la policía londinense. Sus adineradas víctimas afirman que este maestro del robo puede caminar por las paredes y desvanecerse en el aire. Pero Christoff, el carismático Marqués de Langford, conoce la verdad: el ladrón no es un ser humano común y corriente sino un fugitivo que huyó de Dakfrith sin autorización

PROLOGO

Imagina un lugar tan impregnado de magia que el mismísimo aire que allí se respire esté adornado con plumas de color gris perla y de azul humo; donde los árboles hagan una reverencia con el peso de sus ramas, zambulléndose en la profundidad del suelo, dejando caer hojas y espinas sobre lechos perfumados. Un lugar de blancas y brillantes montañas, de oscuros bosques, y un antiguo e inmenso castillo. Un lugar pleno de diamantes naturales que se agitan en el centro de la tierra para enlazar los bosques con invisibles collares de hielo y fuego.

Un lugar sin animales. Un lugar difícil de divisar. Un lugar tan oculto que ni siquiera el sol pueda traspasarlo para llegar hasta su interior, pero donde el astro esparza su luz sobre las copas de los árboles y les otorgue un intenso verde en las alturas y una silenciosa oscuridad abajo.

Donde los arroyos fluyan como espadas de cristal a través de las rocas y las hojas. Piedras de jaspe y cuarzo espolvoreadas con partículas de oro se deslizan por los arroyos. Guirnaldas de diamantes se acomodan en la profundidad de los lagos, escondidos debajo del sedimento.

Imagina que en este lugar nace un pueblo.

Un pueblo especial, los únicos seres de estos bosques. Viven y cazan separados del resto del mundo, domestican el bosque, tallan las montañas de cuarcita, construyen un solitario castillo que pende con un helado esplendor de la desolada ladera del pico más alto.

Ellos oyen los diamantes en la tierra. Cantan a las nubes. Poseen el dominio del pensamiento y de la transformación; impregnados en magia, viven espléndidos y distantes; y cuando los Otros, celosos, comienzan a llegar, la gente de las montañas y de los bosques defiende su hogar con una ferocidad que hace añicos al mismo cielo.

Pero los Otros no detienen la invasión.

Imagina la sangre. Imagina la guerra.

Norte, sur, este y oeste… en todas direcciones, los invasores avanzan lentamente, cubriendo de lodo los arroyos, entumeciendo la tierra, con una sola ambición: el castillo y la montaña.

Para los últimos habitantes que quedan en la cima de la montaña, el futuro es tan brillante y frío como la luz de las estrellas. Quitan los diamantes y piedras de jaspe que fueron colocados en las rocas de su fortaleza. Reúnen a sus niños y se desvanecen en el aire, azul y gris perla.

Pero no se llevaron todos los diamantes cuando huyeron. Ni tampoco se llevaron hasta el último niño.

Ahora… imagina… que no son seres humanos.

Son los drakones.

 

Por un largo tiempo, el castillo abandonado permaneció infranqueable. No había senderos que llevasen hacia la ladera de la montaña; todo era roca puntiaguda y aún más puntiaguda en el descenso. Los hombres y los hijos de los hombres lo estudiaron durante décadas, maravillándose ante su grandiosidad, su desafío absoluto hacia todo lo que yacía debajo. Los arañados glaciares del valle que abrazaban los riscos escarpados ostentaban gran cantidad de cuerpos mutilados.

Sin embargo, con tantas cosas fuera de su alcance, el sueño de la conquista se cocía a fuego lento entre los invasores. Finalmente, comenzaron a descifrar cómo escalar la montaña, cómo afirmar sus sogas, cómo picar la roca. De este modo, a través de los años, tallaron un sendero.

Se devoró vidas.

Los hombres eran pequeños y el castillo demasiado alto; siempre había nuevas batallas que pelear, nuevos cultivos que cosechar, nacimientos y muertes y estaciones fugaces. Las personas que habitaban los bosques eran simplemente los Otros; no oían los diamantes bajo sus pies, y nunca pudieron viajar por las nubes. Se decía que las escamas de oro que se deslizaban por los lagos y los arroyos eran los últimos pensamientos de los dioses derrotados.

La fortaleza parecía un espejismo más que una aspiración; siempre envuelta en niebla; la áspera cuarcita sangraba cristalinos arroyos sobre sus laderas, murallas y parapetos. Finalmente, hasta las criaturas que una vez lo habitaron se convirtieron en leyenda; su encanto y ferocidad se desvanecieron hasta transformarse en cuentos no más tangibles que el quejido del viento.

Las montañas tenían un nombre: Cárpatos. Y el castillo del pico más alto: Zaharen Yce. Las Lágrimas de Hielo.

El tiempo se salió con la suya. De vez en cuando, un bloque de algún torreón se aflojaba y caía, golpeando con fuerza en el acantilado. En la base, los aldeanos hacían una pausa y observaban. Algunos hacían bromas: «los dioses se están despertando».

Finalmente llegó el día en que los Otros terminaron el sendero que los llevaba hacia el cielo. Pero a todos aquellos que ingresaron por primera vez al antiguo castillo les aguardaba una gran sorpresa.

A pesar de sus ansiosas bromas, todos creían que estaba abandonado.

Pero no lo estaba.

Los Montes Cárpatos trazaban una luna creciente a través de Europa y a través de las líneas imaginarias de los hombres, más allá de las provincias y ducados e incluso reinados, sin importar las fronteras de los seres humanos. Con tormentas de viento y asombrosas alturas, removieron todo rastro débil de civilización, brutales ante lo frágil, lo inesperado; exaltando sólo lo poderoso. Invierno y nieve y flores alpinas, prados y bosques sombríos: en uno de los picos más remotos, una nueva familia de aristócratas comenzó a florecer lentamente.

Eran orgullosos, y pocos, delgados y hermosos.

Era el legado que los drakones habían dejado además del castillo: un hijo y una hija y, a partir de ellos, generaciones de vida nueva para morar entre la niebla y el tormento de los Otros, hasta que aprendieran los secretos de sus enemigos. Hasta que aprendieron, en realidad, a ser ellos… a mirar como ellos lo hacían, a respirar, a comer y a hablar igual que ellos. A trabajar la tierra como lo harían los Otros, todo el tiempo ocultando sus verdaderos rostros y sus verdaderos corazones.

Y de esta manera, eso es lo que encontraron los primeros invasores al entrar en el castillo, antes de caer sobre sus rodillas: un puñado de gente, pálida y bellísima, con labios que esbozaron una sonrisa en son de bienvenida, pero con ojos ardientes.

 

Pasaron los siglos. La familia creció. Comenzaron a respetar a los aliados y a los enemigos por igual, unieron ciudades y, en las laderas de las montañas, tenían esclavos para servirlos. Monasterios, herreros, fundidores. Comercios, minas, ciudades amuralladas. Mientras las ilusorias fronteras de los países rebosaban de gente, la familia engendró guerreros luego, una aristocracia.

Vivían en un castillo ubicado en la cima de la montaña que brillaba como el azúcar y la sal bajo el sol, que se convertía en hielo con la nieve.

Guardaban el oscuro secreto con gran, gran celo.

Con el tiempo, prosperaron. Su fuente de riqueza no era solamente la natural abundancia de sus queridas montañas si no también la absoluta fidelidad de su pueblo. La familia había vivido en Las Lágrimas de Hielo durante tanto tiempo que ya nadie podía recordarlo. Sólo ellos controlaban el camino que se enroscaba por la ladera de la montaña. Sólo ellos controlaban las minas, a los fundidores, a los obispos, a los mercaderes y los pasos cegados por la nieve que llevaban a Ion diferentes poblados.

Y sólo ellos tenían la capacidad de oír los diamantes en el suelo, podían probar el oro enterrado en la oscura tierra. Estos seres, que una vez fueron perseguidos por los Otros, eran ahora sus protegidos. Eran queridos, admirados y temidos.

La familia era conocida como Zaharen, al igual que su fortaleza de hielo cristalino, y abundaban las historias acerca de ellos. Se decía que estaban bendecidos y también malditos. Que habían sido tocados por el dedo de Dios… o del Diablo. De vez en cuando resurgían hasta rastros de la antigua leyenda, murmullos de que los Zaharen no eran lo que parecía. Que en los cielos, por la noche, tarde, sobre la resbaladiza superficie del castillo, se podían observar sinuosos monstruos que intentaban cazar la luna.

Sólo los tontos hablaban en voz alta de cosas como esas; nadie se tomaba la ira de la familia con poca seriedad.

Pero la verdad era que, más allá de todos los rumores que rodeaban a la familia, los Zaharen sólo prestaban atención a un rumor: el de las piedras.

El castillo se llenó de diamantes una vez más. Cada hueco, cada cavidad de donde habían sido quitadas por la fuerza las antiguas piedras fue rellenada.

Para los pocos Otros que fueron invitados a la fortaleza, las piedras preciosas sin pulir parecían sombrías y extrañamente brillantes; un asimétrico mosaico de colores lúgubres y espectrales revestía los salones.

Sin embargo, cuando uno de los miembros de la familia caminaba y apoyaba sus manos, cuando con sus dedos acariciaba los muros, la melodía de las piedras lo saciaba como si fuera néctar. El castillo Lágrimas de Hielo una vez más se impregnó con una música que sólo los drakones podían percibir.

Existía sólo una piedra que no estaba incrustada en los muros. La guardaban en una bóveda, abandonada allí desde los comienzos cuando la primera carnada de drakones huyó de aquellas tierras. Ninguno de los Zaharen podía tocarla, aunque todos conocían su poder. Cantaba incluso desde las profundidades del castillo.

Este diamante se conocía como Drautnr. Demasiado poderoso para ser destruido; demasiado peligroso para mirarlo porque mirarlo significaba sufrir por él… Era el único fragmento conocido sobre la faz de la tierra con el potencial de eclipsar a toda la familia.

Los Zaharen eran, sobre todas las cosas, estrategas. Sabían que el secreto de ese diamante era el secreto de su destrucción. Estaba incluso prohibido nombrarlo.

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