El año 2000 – Robert Abernathy

El año 2000

Robert Abernathy

Título Original: The Year 2000 (1955)

La mañana del Año Nuevo fue clara y fría. El Sol subió y brilló, y respondiendo a esta insinuación de calor, la estación de calefacción urbana despertó con un rugido ahogado. Unas corrientes tibias fluyeron a lo largo de las calles, fundiendo la escarcha que dio al aire de la noche un saludable sabor invernal y unos niños corrieron con trineos nuevos al parque profundamente helado, a patinar y a hacer hombres de nieve.

Joe Bloak abrió un ojo y en seguida el otro. Pensó confusamente pero sin melancolía, que la fiesta de la noche anterior tuvo que ser en realidad notable. No sólo se celebró la llegada de un nuevo año, sino también la de un nuevo siglo y un nuevo milenio: ¡El año 2000!

(¿No insistió quejosamente un borracho que estaban apresurándose, que el milenio comenzaba el 1 de enero del 2001? Las cornetas y las serpentinas ahogaron sus protestas.)

La manta eléctrica cibernética detectó el humor de Joe, que oscilaba entre la pereza y el deseo de actividad. Se desconectó de buena gana y anunció:

—¡Hora de levantarse, Joe!

—Bueno —gruñó Joe Bloak.

Acariciándose el pelo cortado al rape (que el peluquero automático instalado en la cabecera de la cama le recortó y perfumó durante la noche), entró en la cabina de rejuvenecimiento. Apretó el botón y se quedó inmóvil treinta segundos mientras el analizador electrónico zumbaba quitándole todas las moléculas gastadas y desvitalizadas y las reemplazaba minuciosamente con moléculas nuevas extraídas desde su inagotable reserva.

Joe Bloak, ahora un hombre nuevo, entró en el cuarto del desayuno. En la tostadora asomó una tostada, y la esbelta y atractiva señora Bloak alzó la cabeza y saludó agradablemente:

—Buenos días, querido. ¿Quieres ver el periódico?

—Por supuesto —gruñó Joe y se dejó caer en una silla que se le amoldó rápidamente a la espalda.

Echó una ojeada a los titulares mientras la tostadora colocaba en la tostada la cantidad exacta de mantequilla y la cafetera tocaba un mambo en sordina y le llenaba la taza con un líquido aromático y humeante que una cañería traía directamente del Brasil.

—No está mal —dijo Joe mirando el diario y asintiendo con un movimiento de cabeza. Las letras negras saltaban en lo alto de la página:

¡El Gobierno anuncia un presupuesto equilibrado!

El despacho, fechado en Washington, anunciaba que de acuerdo con la prosperidad abrumadora del país el Congreso concluía de votar una ley que suprimía retroactivamente los impuestos, aplicando el coeficiente uno y medio desde la promulgación de la ley, y que el presidente proclamó la próxima fusión de todos los organismos administrativos en un Ministerio de Euforia.

Otros artículos de la primera página señalaban que la ciencia descubrió un remedio para el resfrío, que la Fuerza Aérea presentó un nuevo avión capaz de superar la velocidad del rumor y que Joe Bloak fue nombrado subgerente, con doble sueldo.

Un despacho urgente desde Moscú informaba que a las 3:31 de la mañana, hora legal oriental, el régimen soviético alcanzaba el comunismo y estaba reabsorbiéndose, de acuerdo con las predicciones de Marx. —¡Y oh, sí, querido! —comentó animadamente la mujer de Joe—. Acaba de aparecer un nuevo coche. Es el modelo cero cero.

La pared del fondo se alzó y el modelo cero cero entró deslizándose con un brillo cegador y un rugido contenido. Era casi tan largo como un film épico del oeste y tenía más caballos. La transmisión robotrónica lucía un cuociente intelectual de 210 a 4.000 r.p.m., y podía lavar ropa familiar en espuma detergente en 30 segundos. El equipo optativo comprendía luces traseras termonucleares de funcionamiento garantizado debajo del agua; un parabrisas cromado que daba dos vueltas a la carrocería y terminaba en un hermoso nudo; un pedal acelerador de reacción, y un eyector de piloto automático.

—Parece bastante bueno —admitió Joe lentamente. Se sentía inquieto por alguna razón. Quizás todo parecía demasiado bueno.

—¡De prisa, querido! —dijo la mujer de Joe, más y más voluptuosa a medida que pasaban los minutos, sintonizando eficientemente la TV—. ¡Estamos justo a tiempo para no perder nada!

Los niños entraron en fila en el cuarto y se sentaron en silencio, todos impecablemente limpios y peinados por la maquinaria automática.

La pantalla de tamaño natural se encendió, en resplandecientes colores, mostrando a un caballero distinguido, de cabellos plateados y de voz grave y afectuosa.

—¡Atención, mis amigos! —ronroneó el hombre, inclinándose hacia adelante en su púlpito con una sonrisa radiante—. ¡Buenas noticias! Se sabe de fuentes bien informadas que la Segunda Venida ocurrirá a las 3:31, hora oriental. Mantengan sintonizada esta estación. ¡Sí, mis amigos!

—Oh, diablos —gruñó Joe—. Ya sabía yo que era un sueño.

Un nuevo boletín de noticias saltó de pronto desde la tostadora: ¡Platillos voladores aterrizan en todo el país! Emisarios del espacio exterior han notificado a las Naciones Unidas que el planeta Tierra fue admitido en el Imperio Galáctico con todas las prerrogativas de los miembros activos, retroactivamente y aplicando el coeficiente uno y medio desde…

—Qué disparate —dijo Joe, abriendo un ojo y luego el otro.

—Hora de levantarse, Joe —dijo ásperamente su mujer, desaliñada y encorvada. Estaba en cuclillas activando el fuego, en la boca ventosa de una caverna. Joe se sentó, apartando unas duras pieles de animales. El humo le dio tos y le llenó los ojos de lágrimas. Su mujer se rascó mientras trabajaba obstinadamente en el fuego.

Los niños temblaban acercándose a las llamas. Joe observó amargamente aquellas caras inexpresivas y aquellas deformidades demasiado familiares. El más pequeño (nunca pudieron saber a qué sexo pertenecía) no dejaba de lloriquear. Quizás…

—Feliz año nuevo, Joe —dijo su mujer.

—¿Feliz qué? —gruñó Joe, acariciándose el pelo revuelto.

El sueño se le fundía en la mente, cayendo gota a gota en las fisuras cerebrales, lejos de las formas groseras de la realidad. El sueño se refugiaba en esas sombras, junto con visiones de otro tiempo, viejas ilusiones y recuerdos de infancia, indistintos ahora, pues el mundo al que pertenecían era quizás también un sueño… La mente de Joe estaba ocupada ahora en registrar dolores reumáticos y en rebelarse contra la triste verdad que tendría que salir a la nieve helada y revisar las trampas si hoy querían comer.

—Hoy comienza un nuevo año —dijo la mujer de Joe echando una mirada a las marcas que había trazado en la pared, y que no servían para nada según Joe.

—Oh, por favor —dijo Joe—. ¿Desde cuándo?

Fin

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