Dominic – Tiffany Aaron

Dominic

(Los Ángeles Caídos – I)

Tiffany Aaron

RESUMEN DEL LIBRO:

Teresa tiene una librería, y un socio: Dominic.

Hace cinco años que son amigos pero Dominic está decidido a pasar a otro nivel; sin embargo, como en toda novela que se precie no es todo tan sencillo.

Dominic es un ángel caído, uno de verdad; de esos que se unieron a Lucifer para derrocar a Dios, porque descubrieron que Dios amaba demasiado a sus criaturas.

En castigo Dios los envió a su propio infierno: la tierra.

En la tierra hay tres grupos de ángeles, los verdaderamente arrepentidos – Dominic lo es- los que no se arrepienten y sólo buscan masacrar a los humanos y los que no toman ninguna posición, viven como humanos y tratan de confundirse con ellos.

El grupo de Dominic protege a la humanidad pensando que quizás Dios algún día los perdonará.

Pero Dios tiene sus planes y a su guerrero, el Arcángel Mika’il, para llevarlos adelante.

Dominic ama a Teresa y esta decidido a tenerla, pero Teresa vive en Nueva Orleans y allí también viven la maldad y el Vudú.

Capítulo Uno

La actividad febril y el ruido del Barrio Francés desaparecieron cuando Dominic LaFontaine estuvo de pie sobre la acera afuera de la Librería Ryder mirando fijamente a través de la ventana de vidrio cilindrado a la mujer de cabello oscuro que estaba detrás del mostrador. Había estado ausente de Nueva Orleáns dos largas semanas, no sólo era la ciudad la que lo había llamado a casa. Era Teresa Ryder, la mujer a la que llamaba su mejor amiga y que en su corazón llamaba su amor.

Ella levantó la vista en ese momento y lo atrapó mirándola fijo. Una sonrisa feliz apareció en su cara y lo invitó a entrar. Fue vergonzoso cómo su corazón le dio un salto al verla correr, cruzando la tienda, hacia él. Se asustó al sentirse en casa cuando ella envolvió sus brazos alrededor de él y su risa llenó sus oídos.

Apretándola fuerte contra él, murmuro —Hola, te he extrañado.

Ella se separó de él, sus ojos violetas brillantes de felicidad.

—Han sido  solamente dos semanas, Dominic.

—Un minuto sin ti parece toda una vida —dijo sinceramente.

—Deja de coquetear y ayúdame a cerrar —Lo llevó junto a la maquina registradora—. ¿Cómo estuvo tu viaje?

—Productivo —murmuró mientras miraba su trasero. Tuvo que hacer un esfuerzo para no extender la mano y apretar esos lujuriosos globos. Magnífica manera de saludarla después de haberse ido por dos semanas, pensó él.

—¿Conseguiste ocuparte de todo lo que necesitabas mientras estuviste afuera? No sabía que conocieras a alguien en Reno —dijo empezando a contar el dinero de la caja.

—Era más que un conocido cuando me fui de allí, pero me gustaría pensar que ahora somos amigos —. Mientras empezaba a apagar las luces, pensó en la rutina que habían establecido hacía muchos años.

—Estoy segura de que lo es. ¿A quién no le gustarías después de conocerte? —ella terminó de contar el dinero.

Se rió. Teresa siempre lo había visto como una persona amable. No sabía que era uno de los hombres más temidos de Nueva Orleáns. Nunca le había contado nada sobre su pasado porque no querría destruir su inocencia.

—William nunca hace lo que esperarías que hiciera. Es un buen hombre —tomó la bolsa con el efectivo y abrió la puerta—. ¿Te reunirás conmigo para cenar? He extrañado hablarte.

Un rubor manchó sus mejillas.

—No puedo. Tengo una cita.

La decepción lo alcanzó rápidamente.

—Eso es magnífico, cariño. ¿Quién es el afortunado?

—Su nombre es Vincent Delacourte. Entró en la tienda el día después de que partieras y nos hicimos buenos amigos. Hemos ido a cenar unas pocas veces desde entonces —su cara resplandecía de  felicidad.

—¿Te trata como ha de tratarse a una dama?—Dominic sintió que un escalofrío de miedo recorría todo su cuerpo. Podía ser demasiado tarde para confesarle su amor. No sabía qué haría si la perdiera.

—Sí, me trata casi tan bien como tú lo haces —se burló de él. No parecía notar que su corazón estaba en peligro de romperse.

—Eso esta bien. No creo que nadie se preocupe por ti tanto como yo —dijo él por lo bajo. Ella lo estudió perpleja—. Voy al club. ¿Por qué no traes a Delacourte después de la cena?

—Veré si quiere ir. Si no, te veré mañana por la mañana como de  costumbre, ¿no?—le dio un beso cuando asintió con la cabeza.

—Dejaré esto por ti —agitó la bolsa de efectivo y miró a la limusina que esperaba en la acera—. Disfruta tu cena. Tu acompañante está aquí.

Ella lo saludó con la mano y se metió en el automóvil. No le gustó ver que no había nadie que sostuviera la puerta abierta para ella. ¿Dónde estaba el respeto que todos debían mostrarle? Anotó un punto contra Delacourte en su mente.

* * * * * *

—Hey hombre, tu bomboncito está aquí —dijo Randy mientras metía la cabeza en la oficina de Dominic.

—Ella no es mía. Tiene una cita y le dije que pasara por aquí.

—¿Tu bomboncito tiene una cita y no es contigo, hombre? Eso es terrible —la voz de Randy todavía mantenía un vestigio de las islas donde vivió.

—Acomódala —dijo Dominic—. Llévala a nuestra mesa habitual. Estaré ahí en un par de minutos.

Randy sonrió abiertamente y salió. Dominic lo siguió algunos minutos después. Fue una sorpresa ver a Randy de pie ante la mesa que Teresa y él generalmente usaban. Si su amigo hubiera sido un gato, su cola estaría levantada y estaría escupiendo. Cuando vio a la pareja sentada en la mesa, vio a un hombre rubio ligeramente más bajo que él, al lado de Teresa. Estaba ruborizada por  algo que el hombre le estaba susurrando. Sintió sus manos apretándose en puños cuando vio el hombre deslizar su mano hacia arriba de su muslo. Ella se alejó antes de que pudiera llegar demasiado lejos.

Trató de sofocar los violentos celos dentro de él. No podía creer que el hombre tratara de manosearla, especialmente en público. Se las arregló para hacer caso omiso de la vocecita en su cabeza que decía lo que haría en un segundo si tuviera la oportunidad.

Caminando hacia la mesa, vio los ojos de Teresa iluminarse. Antes de que tuviera la oportunidad de decir algo, su cita decía, —Finalmente. El servicio aquí es atroz. Tomaré un Jack con coca. A mi chica le gustaría un vaso de vino blanco.

Teresa abrió su boca para protestar. Él sabía que odiaba el vino. Dándose vuelta, señaló a un camarero y le dio la orden. No se reunió con ellos en la mesa aún.

—¿Encuentra carencias en el club? —preguntó.

Randy volvió a mezclarse con la multitud. Dominic sabía que si necesitara ayuda, su amigo estaría disponible, pero por ahora, tenía las cosas bajo control.

—Sí. Si conociera al propietario, le haría algunas sugerencias.

—Nunca hablo de negocios cuando hay una hermosa dama de quien puedo disfrutar —Dominic le sonrió a Teresa.

El camarero regresó con sus bebidas. Sonrío ante el fruncimiento de cejas del hombre cuando un Martini fue puesto frente a Teresa.

—Pedí vino blanco —se quejó Vincent.

—Teresa no bebe vino. ¿No es así, amor?

—No, y lo habría dicho si me hubieras permitido pedir por mí misma —Teresa finalmente encontró su voz.

Cuando Dominic había caminado a la mesa, la había sorprendido ver un destello de celos en sus ojos. Tenían que haber sido las sombras de las parpadeantes luces porque nunca creería que estuviera celoso de cualquier hombre con el que saliera. Sus ojos bebieron la imagen de su mejor amigo. No había tenido tiempo de hablar con él cuando pasó por la tienda antes de su cita. Su pelo oscuro no estaba tan pulcro como generalmente estaba. Tenía la sensación que se había estado pasando sus dedos por él. Sus cinceladas facciones lucían un agudo dolor. Sus ojos azules eran del color del océano y portaban misterios de los que siempre había estado muy recelosa para preguntar. Su cuerpo era musculoso y magro. Sabía que se mantenía en forma porque había ido al gimnasio con él un par de veces. Se había preguntado si le había pedido que fuera con él porque creía que ella tenía que perder peso. Cuando le preguntó por eso, la había mirado conmocionado. Le dijo que adoraba las formas que tenía y la única razón por la que le pidió que lo acompañara era por su compañía.

Había un algo diferente en él esta noche. La estaba mirando como si fuera un durazno jugoso y quisiera morderlo. Ella desvió la mirada de él antes que la mirada en sus ojos le revelaran cuánto lo deseaba.

—Soy Dominic LaFontaine y soy dueño del Ángel Caído —su voz fue suave y la rozó como una cascada de seda.

Se había sentido avergonzada cuando Vincent supuso que Dominic era el camarero. Por supuesto, la incapacidad de Vincent de ver más allá de sí mismo no le había permitido notar el traje Armani de seda y la camisa de lino que Dominic llevaba con elegancia.

Le había preguntado a Dominic una vez por qué llevaba ropa tan costosa constantemente. Le había contestado en un tono serio, —La vida es demasiado larga para llevar ropa incómoda —había supuesto que estaba bromeando, pero algo dentro de ella le decía que él creía lo que decía.

Saltó cuando un hombre apareció al lado de ella. Se destacaba sobre los demás hombres de la sala, incluido Dominic, que era el hombre más alto que conocía.

—¿Quieres bailar? —hizo una reverencia ligera. Sus inusuales ojos grises plateados bailaron divertidos al oír el bufido de Dominic.

Ella miró a su amigo. Él se encogió de hombros.

—Es inofensivo para ti.

Vincent empezó a protestar y los ojos del hombre se volvieron como plata helada. La protesta se apagó. No le molestaba bailar con un desconocido dado que Dominic no estaba preocupado por él. Dejaron a los dos hombres mirándose fijamente. Echó un vistazo hacía atrás, dudando sobre dejarlos solos. Estaba preocupada por que Dominic pudiera atacar a Vincent.

—No te preocupes, Teresa. No lastimará a tu cita —el hombre debió haberle leído la mente.

Se preguntaba quién era. No era frecuente que Dominic la dejara bailar con alguien aparte de él.

—Lo siento. No permití que Dominic nos presentara. Soy Mickey O’ Flynn —inclinó su cabeza.

—Soy Teresa Ryder. Dominic nunca te ha mencionado —no estaba sorprendida porque Dominic le había contado muy poco sobre su vida. Si alguien le preguntara, hubiera jurado que no había existido antes de que llegara a Nueva Orleáns.

—No me sorprende. Somos conocidos, simplemente.

—¿Cómo lo era William?

—Creo que él y William se hicieron amigos mientras hacían sus negocios juntos.

—¿Cuánto tiempo hace que conoce a Dominic?

Una extraña mirada pasó por los ojos de Mickey.

—Algunas veces parece que toda la vida.

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