Cumbia – Jorge Accame

La Tortuga me alcanzó un mate.

—¿Pensás que vas a ganar? —preguntó.

Miré a la chica. La habíamos vestido con camisas, un overol viejo y dos botas de distinto número que encontramos entre las porquerías del sótano. Yo le había pasado mis medias. Estaba sentada sobre un motor arruinado, inclinada hacia adelante; había dejado de temblequear, pero seguía con esa expresión paralizada de asombro.

—Capaz que digo una barbaridad —tartamudeó Tortuga— pero yo me imagino que ésa es la expresión que deben tener las santas o la propia virgen.

—No sabe ni dónde está.

—Mejor para ella. La Cabra es jodido, como no baja de la Siberia vive con bronca. Además aguanta bien el trago.

La Cabra, mi rival, era un coso flaco y duro y había pasado las cincuenta peleas en roñas de viejos. Tendría más o menos mi edad, pero yo no había peleado nunca. Laburaba en la Siberia, un sector grande y vacío del galpón, donde se hace la parte eléctrica de los motores. Las puertas de los dos costados están siempre abiertas. Los que han trabajado allá dicen que lo peor es oír todo el día el ruido del viento. A la Siberia los trompas lo mandan a uno cuando quieren aislarlo de los demás. Por picapleitos o porque jode mucho con el sindicato.

* * * * *

Todavía siento el olor del cuartito, repleto de tipos que nos miraban, con las paredes sucias de grasa y hollín. Uno podía ponerse a escarbar con el dedo y no paraba más de sacar mugre. No tenía fondo. La salamandra bramaba llena de estopa embebida en gasoil. Las llamas salían por la puertita como lenguas y lamían el techo.

El humo y el eco de los gritos apostando se enroscaban alrededor de la única bombita que colgaba en el medio.

Miré a la Cabra en frente mío. Recuerdo que pensé por qué no estaré jugando a la baraja, rateándome como de costumbre de mi turno de guardia, con un mate y bizcochitos.

Nos alcanzaron las botellas de tinto y empezamos a chupar. Mientras inclinaba la mía y escuchaba el ruido que hacíamos al tragar, iba reconociendo sin querer a los presentes. El Pescado fue el primero que vi, con su máscara de piel de pato; la Rata, a su lado sonreía y hacía movimientos rápidos y bruscos buscando más apostadores; el Carancho, mirando a todos de perfil. La Espiroqueta, con su cara de guacho, dañino como él solo. Rinoceronte, siempre serio, como si no se hubiera enterado de que en el mundo en algún momento se había inventado la risa, clavándome los ojitos metálicos que se perdían en su cabezota.

Antes de acabar el litro yo estaba bastante mareado. Me fijé en la Cabra: como si tal cosa.

Entre las sombras distinguí otros conocidos que chiflaban y puteaban. La Jirafa, encorvado, con el pucho colgando, apenas apretado en los labios; Piraña, la Grulla, el Chelco, siempre roñoso; creo que estaban casi todos los compañeros. Yo me sentía tan aturdido por el griterío y el alcohol que ya no sé si me alentaban o insultaban para que perdiera.

A la mina la habían sentado en un banquito y allí permanecía quietita, obediente, sin enterarse del despelote que había alrededor. Me pregunté si valía la pena hacerme humillar por ella, total tanto le daba estar cagada de frío bajo la ducha, bajo el puente La Noria, o tirada en el arenero con treinta tipos que se la fifaran uno tras otro. Pero qué se va a hacer, ya estaba en el baile, había que bailar.

Nos sacamos los pantalones y los calzoncillos. En cada uno de los rincones había una lata con grasa verde. Comenzamos a untarnos con ella las piernas y las nalgas.

Cuando sonó la campana fuimos los dos al centro del cuarto. Llovía sobre nosotros toda clase de basura. La pelea era a tres rounds, ganaba el primero que se la apoyaba al otro por un mínimo de diez segundos.

Girábamos sin cesar. Pegué un par de manotazos a las piernas de la Cabra, pero no pude agarrarlo. En un descuido, me barrió con el empeine y caí sentado. Las risotadas de mis compañeros me quemaron la cara como llamaradas y me puse de pie en seguida, pero resbalé con la grasa que yo mismo había dejado en el piso y volví a caer, esta vez panza abajo. La Cabra no perdió un instante y se me subió encima. Corcovié a lo loco y me deshice de él; salió patinando hasta que chocó contra el Rinoceronte. Está bien que yo tenía un lindo pedo, pero me pareció que había algo raro en los movimientos de la Cabra: yo lo había visto en varias roñas y cuando se agarraba atrás, no había quien se lo sacara de encima.

Tocaron la campana y volvimos a los rincones. Me miré las rodillas, en alguna de las caídas me había hecho dos tremendas peladuras contra el piso de durmientes y sangraba que daba gusto. Tomamos otro litro de vino.

Cuando salí al segundo round, no la veía ni cuadrada. Las carcajadas, los gritos, los puchos que volaban sobre nosotros, todos esos cosos agitando los brazos se habían convertido en algo sólido, como una piedra dentro de mi cabeza.

Me fui contra el Pescado, entre varios me empujaron de nuevo al ring. La Cabra me hacía gestos para que lo atacara. Me le tiré encima y lo abracé con fuerza. El me apretó el zapallo con sus manos. Escuché que me decía:

—Tranquilo. Ahora me voy a resbalar y vos me montás. ¿Capito?

Entonces, ante la sorpresa de todos, la Cabra se dejó caer. Torpemente me trepé y busqué sus nalgas.

Miré a la mina que esperaba sentada en su banquito y pensé que era una santa, como había dicho la Tortuga. Lo pensé durante cada uno de aquellos reputos diez segundos.

Cumbia

a Elena

El colectivo a L. pasa cada noventa minutos; aun así no logra llenarse más que en algunos pocos horarios. Somos cada vez menos los que vamos para allá y tenemos miedo de que levanten el servicio. Es un colectivo viejo; vibran las latas y trasmiten el temblor a nuestros cuerpos hasta que nos hacen castañetear los dientes. Por eso viajamos todos con la boca bien cerrada y los labios apretados.

En el asiento de adelante va derramado don Facundino, un hombrecito contrahecho con barba deshilachada. Nunca lo he oído hablar. Se baja en Los Molinos, justo frente a un cartel abollado donde apenas se lee: “Monumento histórico”. Es el sereno de la vieja sala a medio destruir, famosa porque Belgrano durmió en ella una o dos noches.

A su lado está Walter Farfán, con su cabello de una década escondido bajo el gorro celeste. Ha hecho la promesa a Dios de no cortárselo por quince años. A veces charla conmigo en la parada. Arrienda dos parcelas en una finca y tiene cortada de ladrillos, pero ahora no trabaja. Me cuenta que ha ahorrado algún dinero y prefiere bajar todos los días a la ciudad para estudiar el comportamiento de los funcionarios que nos gobiernan.

—Para eso hay que disponer de tiempo —dice—. Pero vale la pena: uno comprende muchas cosas.

Cada vez que paso por la plaza central, allí se encuentra Walter, sentado en el banco frente a la Casa de Gobierno, serio y cruzado de brazos.

Atrás de ellos hay dos muchachos rubios que conversan en otro idioma. No me extrañaría que quieran ir a las Termas y se hayan confundido de ómnibus.

El chofer ha puesto un casete de Los Mirlos del Perú y los dedos de la cumbia nos hacen cosquillas en las espaldas estremecidas como un campo bajo la tormenta. En uno de los asientos individuales está Miriam, una vecina de unos cuarenta y cinco años. Miriam es chueca y mueve muy bien su cuerpo al caminar. Parece mestiza, pero creo que también tiene algo de negra. Lleva los primeros botones de la camisa desprendidos, enseñando la naciente de sus pechos redondos y grandes, como un abismo hospitalario. Aunque haya asientos desocupados, siempre dos o tres hombres permanecen de pie junto a ella.

Hemos salido de la ciudad. El chofer es un hombre gordo que sonríe todo el tiempo. Lo apreciamos; nos alza donde nos encuentra, aunque no haya parada. Sabemos que la empresa estuvo a punto de echarlo varias veces porque se emborracha.

La velocidad crece en los Huaicos; hay pocas calles transversales y la avenida parece una ruta.

La música tiene el mismo movimiento de las curvas del camino y los saltos que damos en las lomadas. Sin querer, uno se va sintiendo más fuerte.

Somos muchos los que seguimos disimuladamente el ritmo.

Con su rostro de papel arrugado, va la abuela Cristina, sitiada por sus bolsas repletas de mercadería. Casi no ve. Cuando desciende en San Pablo, demora de siete a diez minutos hasta que junta todas sus cosas y comprueba que no le falta nada. Antes de que el colectivo parta, desde abajo, le recomienda al chofer que si encuentra algo que haya olvidado, se lo devuelva cuando regrese a la ciudad.

En el asiento que está encima de la rueda trasera va Antonio Mercado, otro vecino. Hace un mes lo picó una viuda negra, mientras ordenaba algunas tortas de quebracho en el jardín de su casa. La viuda negra, que en la zona del Chaco llaman mico mico, es una araña terrible. Dicen que tiene el veneno más poderoso del mundo, diez veces más fuerte que el de la cobra de Oriente. El hombre estuvo al borde de la muerte durante una semana; pero, nadie se explica cómo, sobrevivió. La esposa afirma que no existe veneno capaz de matar a alguien con tan mal carácter como el de Antonio.

En el último asiento doble, se halla don Inés. Don Inés trabajó hasta hace diez años como portero en la Dirección de Energía. Recordamos bien el día en que se jubiló, porque para festejar compró un quilo de masas en la confitería Crillón y nos convidó a todos. Él decía que seguramente aquél era el último viaje que compartiría con los mismos pasajeros en ese horario.

A su lado va Juan Door, el pastor evangélico de L., que cada domingo nos asombra con sus sermones. En el culto pasado nos preguntó:

—Hermanos, entre una mujer hermosa, con todos sus atributos bien distribuidos, pero podrida por dentro, y una mujer fea, pero buena y pura de alma, ¿a cuál elegirían ustedes?

Nosotros respondimos, según lo que nos parecía lógico en una iglesia, que elegiríamos sin dudar a la fea y bondadosa.

Pero Juan Door nos dijo con gesto de reprobación:

—No, hermanos, deben preferir a la hermosa, porque las feas jamás se ponen lindas, pero a la malvada se la puede hacer cambiar y convertir para que vuelva al camino correcto; así ustedes se quedarán con una mujer que esté bien y sea buena por añadidura.

En realidad, nos ha dejado un poco confundidos.

Inclinada hacia adelante, en uno de los últimos asientos individuales está doña Nelli, animada por la cumbia, con su octavo hijo a la espalda, envuelto en un paño. Nelli tendrá unos veinticinco años y ha parido hijos desde los catorce. Los tres primeros son de don Carlos, que se fue de L. hace más de un lustro y no regresó más. Los otros han nacido todos entre fines de octubre y principios de noviembre, a los nueve meses justos de los carnavales.

Finalmente estoy yo, que me siento al fondo, porque me gusta observar a mis compañeros de viaje.

* * * * *

Aquí vamos, soportando el hervor de la música dentro de los cuerpos; si nos destaparan de golpe se desenroscaría de nosotros un vapor ondulante hacia el cielo, a unirse con las nubes.

Hemos pasado ya la caminera de Yala. El chofer ha puesto el motor en cuarta y levanta la velocidad hasta ochenta quilómetros por hora.

El incendio de las cumbias se extiende sobre los pasajeros como en un bosque ahogado por el sol y el viento norte. Miriam se levanta sonriendo y pide permiso al semicírculo de hombres que la rodea. Va hasta el centro del pasillo. Cierra los ojos. Hace girar sus caderas de negra como si en las coyunturas tuviera puro aceite y sube sobre la cumbia. Uno de los muchachos rubios (esos que para mí se han equivocado de transporte) la acompaña algunos segundos y luego cede el lugar a Walter. El chofer mira por el espejo. Todos aplaudimos y chiflamos. Mientras nos deslizamos por los toboganes del monte, creo que debo pensar más detenidamente en la fuerza sin control que produce esta música, abriéndose en un glorioso final de película. Es como si algo nos hubiera hecho invulnerables y nadie pudiera alcanzar este colectivo que va a L.

Pero voy a considerar estas cosas después, tranquilo, cuando termine el casete y, sobre todo, cuando Miriam (madre, qué mujer) deje de bailar.

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