Amanecer (Crepúsculo, #4) – Stephenie Meyer

Amanecer

Stephenie Meyer

Crepúsculo – 4

Este libro está dedicado a mi agente/ninja, Jodi Reamer. Gracias por mantenerme apartada del alféizar de la ventana.

Y gracias también a mi banda de música favorita, los muy bien llamados Muse, por suministrarme una inspiración tan valiosa para esta saga.

Libro Uno
Bella

La infancia no va de una edad concreta a otra.
El niño crece y abandona los infantilismos. La infancia es el reino donde nadie muere.

Edna St. Vincent Millay

Prefacio

Había tenido a estas alturas de mi vida un cupo más que razonable de experiencias cercanas a la muerte, aunque desde luego no es algo a lo que uno pueda llegar a acostumbrarse.

Parecía extrañamente inevitable el que sufriera otro nuevo enfrentamiento con la muerte. Daba la impresión de que estaba marcada por el desastre. Había escapado una y otra vez, cierto, pero continuaba viniendo a por mí.

Sin embargo, qué distinta era esta vez respecto de las otras.

Puedes huir de alguien a quien temes, puedes intentar luchar contra alguien a quien odias. Todas mis reacciones se orientaban hacia esa clase de asesinos, tanto monstruos como enemigos.

Te quedas sin opciones cuando amas a tu potencial asesino. ¿Acaso es posible huir o luchar si eso causa un grave perjuicio a quien quieres? Si la vida es cuanto puedes darle y de verdad le amas por encima de todo, ¿por qué no entregársela?

Comprometida

Nadie te está mirando, me convencí a mí misma. Nadie te está mirando. Nadie te está mirando.

Mientras esperaba a que uno de los tres semáforos de la ciudad se pusiera en verde, eché un vistazo hacia la izquierda y allí estaba la camioneta de la señora Weber, que tenía el torso totalmente torcido en mi dirección. Sus ojos me perforaban, así que me encogí, preguntándome por qué no bajaba la vista o al menos se cortaba un poco. Que yo supiera, todavía se consideraba grosero que alguien te clavara la mirada, ¿no? ¿Acaso eso no se me aplicaba a mí también?

Entonces recordé que mis cristales eran tintados y de un color tan oscuro que probablemente no tenía ni idea de la identidad del conductor, ni siquiera de que la había pillado en pleno cotilleo. Intenté extraer algo de consuelo del hecho de que ella realmente no me estaba mirando a mí, sino al coche.

Mi coche. Suspiré.

Dirigí la vista hacia la izquierda y gemí. Dos peatones se habían quedado pasmados en la acera, perdiendo la oportunidad de cruzar por quedarse a mirar. Detrás de ellos, el señor Marshall parecía observar embobado a través de los vidrios del escaparate de su pequeña tienda de regalos. Aunque no había apretado la nariz contra los cristales. Al menos, todavía no.

Pisé a fondo el acelerador en cuanto la luz se puso en verde, pero lo hice sin pensar, con la fuerza habitual para poner en marcha mi viejo Chevy.

El motor rugió como una pantera en plena caza y el vehículo dio un salto hacia delante tan rápido que mi cuerpo se quedó aplastado contra el asiento de cuero negro y el estómago se me apretujó contra la columna vertebral.

—¡Agg! —di un grito ahogado mientras tanteaba con el pie a la búsqueda del freno. No perdí la calma y me limité a rozar el pedal, pero de todas formas el coche se quedó clavado en el suelo, totalmente inmóvil.

No pude evitar el echar una ojeada alrededor para ver la reacción de la gente. Si antes habían tenido alguna duda de quién conducía este coche, ya se había disipado. Con la punta del zapato presioné cuidadosamente el acelerador, apenas medio milímetro, y el vehículo salió disparado de nuevo.

Me las apañé de mala manera para llegar hasta mi objetivo, la gasolinera. Si no hubiera tenido la cabeza en otra cosa, no se me habría ocurrido aparecer por la ciudad en absoluto. Había pasado todos los días de atrás sin un montón de cosas, como pan de molde o cordones para los zapatos, con el fin de no mostrarme en público.

A la hora de echar gasolina me moví tan deprisa como si estuviera en una carrera de coches: abrí la portilla, desenrosqué el tapón, pasé la tarjeta e introduje la manguera del surtidor en la boca del depósito en cuestión de segundos. Ahora bien, nada podía hacer para que los números del indicador se marcaran con mayor rapidez. Avanzaban con lentitud, como si lo hicieran aposta para fastidiarme.

No había mucha luz al aire libre, porque era uno de esos días típicos en Forks, Washington, pero me sentía como si tuviera un reflector enfocado en mí, centrado sobre todo en el delicado anillo de mi mano izquierda. En momentos así, cuando notaba ojos ajenos clavados en mi espalda, me parecía que el anillo latía como si fuera un anuncio de neón que dijera: «Mírame, mírame».

Era estúpido estar tan pendiente de uno mismo, y yo lo sabía. Aparte de mi madre y mi padre, ¿realmente importaba lo que la gente dijera sobre mi compromiso? ¿O sobre mi coche nuevo? ¿O respecto a que me hubieran aceptado tan misteriosamente en una universidad tan reputada? ¿O incluso sobre la pequeña y brillante tarjeta de crédito negra que sentía arder al rojo vivo en el bolsillo trasero de mis vaqueros?

—Eso es, a nadie le importa lo que piensen —mascullé.

—Eh, señorita… —me interrumpió una voz masculina.

Me volví, y entonces deseé no haberlo hecho.

Dos hombres permanecían de pie al lado de un lujoso todoterreno que portaba dos kayaks de última moda en lo alto del techo. Ninguno de los dos me miraba, sino que tenían los ojos clavados en el vehículo.

Personalmente, lo cierto es que no lo entiendo. Más bien soy de la clase de personas que se enorgullecen con ser capaces de distinguir entre los símbolos de Toyota, Ford y Chevy. El automóvil era de un reluciente color negro, esbelto, y en verdad bonito, pero para mí, no era nada más que un auto.

—Siento molestarla, pero ¿podría decirme qué clase de coche es el que conduce? —me dijo el hombre alto.

—Bueno, es un Mercedes, ¿no?

—Sí —repuso el hombre educadamente, mientras su amigo de menor altura ponía los ojos en blanco como reacción a mi respuesta—. Eso ya lo sé, pero me preguntaba si no estaría usted conduciendo… un Mercedes Guardian —pronunció el nombre con un respeto casi reverencial. Tuve la sensación de que ese tipo se llevaría bien con Edward Cullen, mi… mi novio, ya que no tenía sentido eludir la palabra teniendo en cuenta los pocos días que quedaban para la boda—. Se supone que ni siquiera están aún disponibles en Europa —continuó el hombre—, sino sólo aquí.

Entretanto, el desconocido recorría lentamente los contornos de mi coche con los ojos, unas líneas que a mí, la verdad, no me parecían tan diferentes a las de otros Mercedes tipo Sedan. Pero claro, en realidad, yo tampoco tenía mucha idea, porque mi mente ya tenía bastante con cavilar sobre palabras como «novio», «boda», «marido» y demás.

Simplemente es que no las podía meter todas juntas en mi cabeza.

Por un lado, me habían educado para que me estremeciera ante la mención de vestidos blancos voluminosos y ramos de flores; pero más aún, me costaba mucho trabajo reconciliar un concepto soso, formal y respetable como «marido», con mi idea de Edward. Era como comparar un contable con un arcángel. No podía visualizarle en ningún papel tan normal y cotidiano.

Como siempre, cada vez que empezaba a pensar en Edward me veía atrapada en una espiral vertiginosa de fantasías. El extraño tuvo que aclararse la garganta para captar mi atención, ya que estaba esperando todavía una respuesta en lo referente al modelo y al fabricante del coche.

—No lo sé —le contesté con toda honradez.

—¿Le importa que me haga una foto con él?

Me llevó al menos un segundo procesar eso.

—¿De verdad…? ¿De veras quiere sacarse una foto con el coche?

—Por supuesto, nadie va a creerme, salvo que lleve una prueba.

—Mmm, bueno, vale.

Retiré rápidamente la manguera y me deslicé en el asiento delantero para esconderme mientras aquel fan sacaba de la mochila una enorme cámara de fotos de aspecto profesional. Él y su amigo se turnaron para posar al lado del capó y después tomaron fotos de la parte trasera.

Echo de menos mi coche, me lamenté para mis adentros.

Fue muy, pero que muy inconveniente, que mi viejo trasto exhalara su último aliento unas cuantas semanas después de que Edward y yo acordáramos nuestro extraño compromiso, tan desigual, uno de cuyos detalles consistía en que podría reemplazar mi coche cuando dejara de funcionar de modo definitivo. Edward juraba que simplemente había pasado lo que tenía que pasar, que mi vehículo había gozado una vida larga, plena y que después había muerto por causas naturales. Eso al menos era lo que decía él. Y claro, yo no tenía forma de verificar esa historia ni de resucitar mi coche de entre los muertos contando sólo con mis fuerzas, porque mi mecánico favorito…

Detuve en seco el pensamiento, impidiendo que llegara a su conclusión natural. En vez de eso, escuché las voces de los hombres en el exterior, amortiguadas por las paredes del automóvil.

—… pues en el vídeo de Internet iban hacia él con un lanzallamas y ni siquiera se chamuscaba la pintura.

—Claro que no. Puedes pasarle un tanque por encima a esta preciosidad. Éste no ha pasado por el mercado, porque lo han diseñado sobre todo para diplomáticos de Oriente Medio, traficantes de armas y narcos.

—Oye ¿y tú crees que ésa es alguien? —preguntó el bajito en voz casi inaudible. Yo agaché la cabeza con las mejillas encendidas.

—¿Qué? —replicó el alto—. Quizá. Porque ya me contarás para qué quiere alguien de por aquí cristales a prueba de misiles y dos mil kilos de carrocería acorazada. Parece propio de sitios más peligrosos.

Carrocería acorazada. «Dos mil kilos» de carrocería acorazada. ¿Y cristales «a prueba de misiles»? Estupendo. ¿Qué tenían de malo los viejos cristales antibalas de toda la vida?

Bueno, al menos esto tenía algún sentido… si es que gozas de un sentido del humor lo bastante retorcido.

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