Adriano Emperador – John de Abate

Adriano Emperador

John de Abate

1.- EL FERVOR Y LAS CARICIAS

El logos, o Tat, lo ha dado Dios en participación a todos los hombres, pero no ha hecho lo mismo con el Nous.

POIMANDRES, IV. 3

Cuando lo sacaron del Nilo, parecía de alabastro. Los cocodrilos y los peces respetaron la integridad de su hermoso cuerpo. Lo vi, desnudo, sobre un lecho de hojas de papiro. Manos piadosas lo habían rodeado de flores de loto de todos los colores. Era un muchacho. Solamente un adolescente griego. Pero pudo llegar a ser el Emperador del mundo conocido. Semanas después me amonestaron:

-El Emperador de Roma quiere hablar contigo. Haz el viaje, ahora mismo.

Diez solados romanos me llevaron en su trirreme por el Nilo. Luego en litera hasta el campamento de Adriano. Al Emperador le gustaba más la austeridad del campamento, que la suntuosidad de los palacios de Egipto. Después de todo seguía siendo un soldado en el ejercicio de las armas. No hubo protocolo. El dolor lo llevó a buscar la vida sin adornos. Solamente se puso la mano sobre el pecho e inclinó levemente la cabeza. Cuando quise postrarme a sus pies, me levanto y dijo con vehemencia:

-No. Un Hierofante no es inferior a un Emperador Romano. – Me tendió la diestra y pude sentir la fuerza mansa de un hombre poderoso.

-Te hice venir porque quiero entender la muerte. Se supone que sabes hablarme de la muerte. ¿Puedes compartirlo conmigo, Hierofante?

Adriano había sido iniciado en los Misterios de Eleusis años antes. Por eso quise recordarle:

-Ya tú has muerto una vez en esta vida, Señor. Debes recordar que el que muere antes de morir, no muere cuando muere, el Emperador se quedó un momento pensativo.

-Sí pero quiero hablar de otra muerte. De la muerte que produce la ausencia del ser amado. Esa falta de fervor y de caricias. Esa carencia de miradas comprensivas. Vivir sin ese pacto secreto y misterioso que une a dos personas y que hace innecesarias las palabras.

Yo tenía dos mil años de filosofía a mis espaldas, pero era incapaz de paliar su sentimiento. Lo mío era de la mente; del alma era lo suyo. Busqué por eso, otra forma de decirlo:

-El niño es más feliz ahora, libre de las necesidades y ataduras de su hermoso cuerpo; libre de intrigas y de celos. Más feliz sin el yugo de responsabilidades que tal vez, no quería sobrellevar. Piensas Señor, en tus deseos, pero debes pensar en la felicidad del ser amado.

Adriano miró hacia el Nilo, se toco la recia barba y dijo:

-Siempre supe que el amor se vuelve egoísta cuando esta tocado por las urgencias de la carne. El mío lo es, sin duda. No puedo ni quiero engañarme, ahora que estoy tan solo. ¿Pero tú crees, amigo? – ¿Puedo llamarte amigo?  – ¿Que quiso morir para no enfrentar las tareas del Gobierno?

Adriano vivía el infierno de la duda. Lo mire cuidadosamente. No me parecía encontrarme frente a un Emperador, sino ante a un amigo. Adriano era mi contemporáneo. La barba lo hacía ver mayor, mas no lo era. Quise establecer afinidad con ese hombre triste y derrumbado. Todo hombre que sufre – sin importar la causa – es digno de respeto.

-No. No creo que muriera para evitar sucederte en el trono de Roma. Morir en el agua es regresar al vientre de la madre. Los griegos dicen que Zeus se lleva a sus predilectos al Olimpo…

-¡En ese caso tendré celos de Júpiter! – dijo con vehemencia, pasando a la religión romana. Y luego de una pausa:

-Dime, ¿Cual es, entonces la vida verdadera? Esta hermosa y triste vida, donde el alma es una llama tenue, o la tejen y destejen los misteriosos dioses.

No tuve que responder a su pregunta. En una cureña traían un gran bulto envuelto en mantas de lino del Egipto. Era una estatua. La primera versión apresurada del dios adolescente.

Los ojos de Adriano se alegraron por un momento. Sus músculos recobraron el tono con que antes cazaba jabalíes en compañía de su amado. Ante un enfático gesto del Emperador, los soldados comenzaron a desenvolver el mármol. Delicadamente retiraron las gasas como quien deshace una momia. Y de ese proceso inverso surgió, en veraz simulacro de vida, el cuerpo adolescente. Un Antinoo con ese acento profano que solo griegos y romanos saben dar a sus estatuas.

Adriano comenzó a darle vueltas, lentamente. En cada paso, cada fragmento de ese mármol despertaba un recuerdo, una sensación, una pasión apenas contenida. Todos guardábamos silencio. Sabíamos que estábamos viviendo un tiempo sagrado. Luego se volvió hacia mí quien hace una confidencia, me dijo en voz muy baja:

-Así de hermoso era…

No quise decirle que yo había cruzado el Nilo, desde Hermópolis, para ver al muchacho muerto. Que lo recordaba blanco, como ese mármol que ahora contemplábamos. Entonces parecía un dios dormido, sonriendo de sus dulces sueños.

Adriano señalo a la hermosa estatua y dijo:

-Tenía el poder de la inteligencia, la protección de la inocencia y el desafío de la belleza. Como si fuese un Dios. ¿Será un Dios verdadero? Y había ansiedad y temor en su pregunta.

-Sí. Es un Dios verdadero. Porque amaba y soñaba como solamente aman y sueñan los lejanos dioses. Respondí mirándolo directo a la pupila. De todas maneras, la deificación de Antinoo era inevitable. La noticia de su muerte, en la misma fecha que la del Dios Osiris, había recorrido el Egipto entero en pocos días. Al mismo momento de su muerte, se iniciaron las lluvias después de tres años de sequía. Paisanos y sacerdotes lo habían decidido; para ellos era una señal del cielo.

Adriano sonrió levemente y dijo:

-Gracias necesitaba saberlo por corazón ajeno… El Nilo era un espejo de azogue donde se multiplicaban los lotos blancos con el viento.

2.- UN CENTRO DE CONCIENCIA PURA

Madre, dijo Horus, otórgame a mí también conocer tal himno para que no sea un ignorante. E Isis respondió: Escucha, hijo…

FRAGMENTOS DE ESTOBEO, XXIII. 70

Lo habían embalsamado de acuerdo al proceso solo conocido por los Señores de la Casa de la Muerte. Y, siguiendo la costumbre romana, le hicieron una mascara pintada con su hermoso rostro. Lo pusieron en el centro del pequeño templo; una escasa estructura, al estilo griego. Por suerte estaba lejos de Luxor porque, si no, se habría visto como una tumba de beduinos.   Adriano no se hizo esperar. Al despuntar el día se oyeron relinchar los caballos. Minutos después, diez soldados de vanguardia revisaron el lugar para asegurar la integridad del Emperador. Desde lejos Adriano me distinguió por mi túnica de lino blanco. Saludo levantando la diestra, al estilo romano. Cuando estuvo a mi lado:

-Abuso de nuevo de tu amabilidad y confianza. Quiero hacer la Consagración del Templo y la Entronización del Dios. ¿Puedo pedirte que hagas los rituales?

-Puedes, Señor.  El joven Cómodo me visitó hace cinco días para concertar detalles.

-Sí. Cómodo ha sido de gran ayuda. Ahora sus celos han disipado y será, así parecen quererlo los dioses, mi sucesor.   Los soldados se movían con diligencia, a nuestro alrededor, levantando un campamento para Adriano.

-La ceremonia será dentro de tres días. Si puedo hacer algo para hacer tu estadía más agradable…

-Sí – Interrumpió Elio Adriano con vehemencia, – Necesito aprovechar estos tres días para que me expliques muchas cosas. Estoy desorientado y tal vez he tomado algunas medidas precipitadas. Te necesito cerca. Estoy colgando entre lo eterno y lo terreno.  Esa misma tarde, después del refrigerio de la hora once, nos reunimos frente al Nilo.

-Dentro de una hora será de noche y nuevamente sentiré esa entrañable soledad… Luego hizo un gesto como para apartar un pensamiento que revoloteaba frente a su cabeza.

-En Judea prohibí a los árabes y a los judíos las salvajes costumbres de la castración y de la circuncisión. Los árabes fabrican eunucos como sirvientes ó guardianes de los harenes. A los dieciocho años les practicaban la infame operación sin piedad ni alternativa. Y la circuncisión… la practicaban también los egipcios.

-Sí. Es una medida sanitaria. En el desierto, por la falta de agua…

-Pero para los Judíos es una medida religiosa compulsiva – corto Adriano, siempre tenso, siempre ansioso.

-A veces los gobernantes protegen a la gente con medidas obligatorias que, de otra manera, serían ignoradas. – Adriano quedo pensativo y dijo:

-He cometido un error. En Jerusalem prohibí la circuncisión a los Judíos y eso ha producido un clamor violento. Ahora comprendo. Para ellos ya no es una medida sanitaria. Es parte de su tradición religiosa y no pueden, ni siquiera abandonarla… Los Ibis volaban, en bandadas, buscando el refugio de esa noche. Adriano señalo las aves. ¿Por qué Thoth tiene cuerpo de hombre y cabeza de Ibis?

-En nuestra lengua las palabras Thoth e Ibis son sonidos equivalentes. De ahí que se haya escogido esa ave para representarlo. Tenemos cuarenta y dos dioses, todos ellos con cuerpo humano y con cabeza de algún animal. Los que no saben, piensan que adoramos a los animales. Pero todo es representación. Los Griegos le llaman símbolo. Esos cuarenta y dos dioses solamente representan otras tantas energías.

-Es decir que así como los griegos representaban la sabiduría de Palas Atenea, ó el mar con Poseidón, ustedes usan formas de animales.

-Sí. En el Egipto pensamos que los animales representan mejor las fuerzas naturales. Ellos tienen un contenido neutro; libre de las pasiones de los hombres. Las fuerzas naturales –terremoto, inundación, calor, vida, muerte – no son ni buenas ni malas. La naturaleza no tiene contenido moral. Eso es cosa de los hombres.

-Pero los dioses si tiene un contenido moral. Ellos aman, matan, odian.

-No en el nuevo Egipto, Señor. En la religión sacerdotal ni siquiera el Dios Supremo ama u odia. Es simplemente La Ley; lo que es justo, inteligente y necesario. Aunque, en realidad, de Dios no puede decirse nada…

-Entonces… Entonces el – parecía costarle pronunciar su nombre – ¿Antinoo, ya no me ama?

-El esta más allá del amor y la indiferencia. Esta en una esfera de paz desde la cual su energía es un centro de conciencia pura… Señor.    Adriano frunció el ceño; parecía perplejo:

-Estoy más, mucho más confundido que antes. Porque ahora no me asiste la esperanza. He perdido la fe que tenía puesta en el sentido del universo. No logro entender cuál es el propósito de las cosas… He perdido la esperanza. ¡No entiendo nada!

-Vivos y muertos están en dimensiones diferentes. Cada dimensión tiene leyes inviolables. Las leyes tuyas – las leyes de los vivos – no son sus leyes. Y en cuanto a la esperanza, ese es el patrimonio de los pobres, nunca el de los reyes. Adriano pareció emocionarse. Tenía la cualidad de pasar de un estado de ánimo a otro, sin transición alguna. La pasión intelectual lo estimulaba:

-Creo entender algo realmente importante: cuando uno se libera de la carne ya son otras las necesidades y las posibilidades. Otras las leyes que rigen lo que queda… ¿Cómo se llama lo que queda?

-Después de los nueve días solamente quedan vigentes el espíritu y el alma.

-Y el espíritu y el alma están, como dices, más allá del amor y la indiferencia… Un silencio largo y necesario acomodó el momento. Los soldados se acercaban con antorchas y sahumerios. Yo me quité un talismán del cuello y se lo di.

-Es una protección – le dije.

-¿Contra los demonios?

-Mejor… Contra los mosquitos – su curiosidad nuevamente alerta:

-¿Dime amigo es un amuleto mágico?

-No, Señor. Es un talismán formado con hierbas medicinales cuyo olor disgusta a los mosquitos.

Adriano se llevo el talismán a la nariz:

-Pero no huele… huele a nada.

-Eso demuestra que no eres un mosquito, Señor.

Adriano rió por primera vez desde que nos conocimos. Su risa era firme, fuerte y masculina. La clara risa de un general romano.

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